Los recuerdos, uno a uno, nos permiten mantener viva la memoria de alguien o de algo. Personas, objetos, lugares, sucesos, dichos, sensaciones van entretejiendo una imagen o varias imágenes del pasado, sea ruinoso o lleno de esplendor, o cambiante, u oscilante como un péndulo, de un pasado tan inasible en el acto de ensoñación como el inalcanzable futuro, incluso tanto como el huidizo presente que se nos escapa entre los dedos y la mirada que todo quiere penetrar para escrutarlo, detalle a detalle.

La condición real de lo recordado pasa a un segundo plano frente a su sentido. Para que tenga pertinencia el recuerdo, me acerco en esto a la concepción de Bachelard, sobre el sueño y el ensueño (la elaboración consciente del deseo asumido como anhelo, como fantasía), ha de ser evocado desde una perspectiva casi cubista, es decir, desde múltiples planos y aristas posibles, incluso no advertidas o solo de manera parcial en la realidad empírica o sensorial. Por ello, en parte la ficcionalización de los recuerdos se acerca a esta perspectiva holística o los potencia. El acto de narrar historias, por ejemplo, implica –a nivel muchas veces no consciente o intuitivo por parte del escritor– la deconstrucción de la realidad para identificar y seleccionar los elementos significativos y simbólicos que permiten re-construir el universo ficticio de la narración literaria, una realidad ficcional con múltiples vínculos, aparentes o no, patentes o latentes, con la realidad empírica.

Tito Caula. Calle Real de Sabana Grande. Escena nocturna, Caracas, (1970).

Esos recuerdos ficcionalizados en la narración literaria amplían la evocación, la precisan, incluso cuando se magnifican o caricaturizan. Tales recursos literarios actúan entonces como poderosas lupas que nos permiten ver y ver-nos, amplificados, los recuerdos y nuestro papel en ellos. Los recuerdos, ficcionalizados o no, construyen y reconstruyen permanentemente la memoria desde la angustiosa luz de la última raya del crepúsculo, diría Juan Liscano, que es cada presente sucesivo.

En el caso de Venezuela y, particularmente, de Caracas, los embates de la modernización transformaron el entorno físico y social de la caraqueñidad de techos rojos, como la llamaran el poeta y el cronista. Con la ciudad antigua y sus costumbres fue desapareciendo un ethos y un modo de ser y comprender no solo la llamada sucursal del Cielo sino acaso la sensación de encabezar geográfica y políticamente un país, que aún distamos de saber si es o no fallido. Esa ciudad soportó estoica las bendiciones y las maldiciones que, a la par, trajeron el petróleo y sus modos de vida, las oleadas migratorias de la postguerra europea, de los pueblos interioranos acosados por la sed y las enfermedades (y conste que no estoy diciendo que la historia se repita) y de los países vecinos acosados por el horror de surcar la vida cotidiana, como ahora parece sucedernos a nosotros mismos. De allí la importancia de aferrarse a los recuerdos, de recrearlos o incluso también de inventarlos, de ficcionalizarlos todos, y de allí también la relevancia de interpretar esos recuerdos que construyen la memoria de una Caracas que duerme como odalisca enamorada a los pies de un antiguo y macizo sultán de dos nombres (uno indio, como el costado más antiguo de este país que nos engloba, y otro hispánico, como el costado que nos obnubila y a veces relega a una condición subalterna).

Nicola Rocco. Caracas Cenital. Petare, Barrio San José, (2004).

Caracas, dice María Elena D’Alessandro Bello, en “los años setenta, ochenta y noventa [se refiere al siglo XX] muestra un desequilibrio fundamental: grandes edificios modernos frente a barriadas de precarias condiciones con servicios básicos insuficientes; asimismo las obras arquitectónicas de grandes dimensiones que en el pasado singularizaron a la ciudad[1] en el presente están deterioradas, sin mantenimiento, en ruinas, abandonadas o han desaparecido. Un ejemplo ilustrativo de ello ha sido una edificación como el Helicoide que, por razones políticas, pasó más de treinta años abandonado e inacabado” (pág. 15).

De ese des-orden urbano, de esa condición alienante, de esos vínculos con la ciudad de Caracas, vistos a través del tamiz de cinco novelas, trata el libro de María Elena D’Alessandro Bello (licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, magíster en Literatura Latinoamericana Contemporánea y doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar y egresada del diplomado de Lexicografía, organizado en forma conjunta por la UCAB y la Casa de las Letras Andrés Bello), titulado Inventario de recuerdos. Caracas como memoria en la narrativa de finales del siglo XX, hermosamente publicado por Editorial Alfa, en el número 128 de su colección “Trópicos”.

La autora se adentra en la lectura de “El exilio del tiempo (1990), Vagas desapariciones (1995) y Los últimos espectadores del acorazado Potemkin (1999) de Ana Teresa Torres; Juegos bajo la luna (1994) de Carlos Noguera y El round del olvido (2002) de Eduardo Liendo” (pág. 10). A esas novelas la autora se acerca, como ella misma afirma, “con ojos de crítico literario, pero desde la sensibilidad de quien ama a su ciudad de origen y es una ciudadana de la misma” (pág. 10). No en balde le ha dedicado el libro a sus padres “por haberme regalado la ciudad de Caracas” (pág. [5]).

Como señala la Dra. D’Alessandro Bello, “la selección de las obras ha respondido a lo que las novelas dicen, así como a lo que ocultan u olvidan; del mismo modo, se nos impone reconocer [insiste] que dicha selección también responde a nuestra necesidad de «ver y oír» lo que el texto literario plantea y así interpretarlo a través de ciertas teorías y nociones del espacio de la posmodernidad, los conceptos de migrancia, exilio, territorio, heterogeneidad, hibridación, estructura de los géneros literarios, así como de algunas teorías sobre la memoria”.[2]

La lectura propuesta va siguiendo, a través de la ficcionalización narrativa, “una representación de Caracas a partir de las calles y de los lugares que no existen o que son residuos de otros tiempos en franco deterioro en la actualidad, pero que el recuerdo restituye mediante la escritura” (pág. 11). La ruina se apodera del entorno más no de la memoria. Por ello, la autora apunta que “ir a un lugar y descubrir que fue derrumbado o que fue suplantado por otra estructura es parte del imaginario urbano del habitante de Caracas de la segunda mitad del siglo XX; es a partir de ello que las obras [literarias seleccionadas para el análisis] restituyen el pasado de la ciudad en la ficción” (pág. 11).

Así, pues, anota la autora: “La representación de la ciudad que el corpus plantea parte de una posición de enunciación que muestra a Caracas como una ciudad urbanizada, modernizada y tecnologizada. La ficción representa a narradores que necesitan acudir a su memoria personal para relatar una ciudad cuyo referente no existe o está deteriorado. En tal sentido, memoria y olvido se reúnen en el espacio que la escritura posibilita para reescribir el perímetro urbano borrado a lo largo de su transformación, dejando al descubierto las trazas de la elaboración textual, mostrando la realidad urbana en su desequilibrio fundamental y recreando un lugar en permanente transformación. Se trata de volver hacia el pasado para darle un orden y así poder corregirlo, replantearlo, repensarlo e imaginarlo” (pág. 18). Y añadiría yo que para sosegarlo también, en nuestro recuerdo textualizado, en el caso del escritor, o hermenéutico, en el del lector/intérprete.

El libro, además de un significativa introducción, se estructura en cinco capítulos: el primero titulado “Caracas, el espacio de la memoria” que constituye una interpretación sociohistórica de la ciudad en el siglo XX; “El recuerdo en la representación literaria del siglo XX”, el segundo, que es un abordaje de la memoria y el recuerdo desde la óptica de la teoría y la crítica literaria; los capítulos dedicados a los autores y novelas seleccionadas que llevan por título “Caracas desde el recuerdo en la obra de Ana Teresa Torres”, el tercero, y “Novelas de memoria urbana en la obra de Carlos Noguera y Eduardo Liendo”, el cuarto; y “Caracas escrita desde el registro de una pérdida”, que contiene las conclusiones y reflexiones finales de la autora, más una extensa bibliografía sobre el tema.

Nicola Rocco. Caracas Cenital. Distribuidor Altamira, (2004).

Como señala la autora, cada novela de las aquí consideradas “al rescatar la ciudad del olvido, muestra a la ciudad textual como la nueva morada, único espacio donde el lector puede reencontrarse con la ciudad que fue, con la ciudad de sus padres, de sus abuelos, la de su niñez o la de su adolescencia, es decir, con una Caracas que ya no existe o si lo hace es como un efecto textual que la ficción ha posibilitado” (pág. 202).

Ya para concluir, la autora insiste, al referirse a la potencialidad de la obra literaria como facilitadora y fortalecedora de la memoria, que “La novelística de la memoria ha demostrada su fortaleza, su pasado en su presente; su punto de vista para reconstruir una verdad dejando abiertas las puertas para las nuevas propuestas narrativas en torno a una reflexión sobre una Caracas como la ciudad escrita, la ciudad de la memoria, la ciudad que se rehace en cada representación aportando nuevas visiones y versiones sobre el mismo tema” (pág. 202).

Este libro nos invita a acercarnos a una ciudad que es y no es, que es en el recuerdo y en su ficcionalización, que no es en sus parámetros reales pero que aún sigue siendo a pesar de los nuevos y de lo nuevo y de la trasgresión constante del respeto a la tradición bien entendida, no como una moral obsoleta y reificada, sino como una continuidad de sentido y arraigo. Este libro nos invita a acercarnos tanto a este texto interpretativo como a las novelas y autores que el análisis rastrea en pos de una Caracas que ya no está, aunque sigue estando, que ya no es o casi no es a pesar de que sigue siendo o casi siendo.

San Antonio de Los Altos, Gulima, septiembre de 2017.

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(Palabras pronunciadas en la presentación del libro Inventario de recuerdos. Caracas como memoria en la narrativa de finales del siglo XX (S/l, Editorial Alfa, 2017, colección “Trópicos”, 128) de María Elena D’Alessandro Bello en la Librería Kalathos, Centro de Arte Los Galpones, Caracas, septiembre 09, 2017.)

[1] “Como es el caso de la urbanización El Paraíso, en los años veinte; el primer intento de planificación urbana para transformar Caracas (el plan Rotival) en 1939; la urbanización El Silencio, en los años cuarenta; la autopista Caracas-La Guaira, la avenida Victoria, la Universidad Central de Venezuela, las torres del Centro Simón Bolívar, en los años cincuenta; las construcciones monobloque como el emblemático 23 de Enero de finales de los años cincuenta y principios de años sesenta, las nuevas urbanizaciones al noreste y sureste de la ciudad, entre muchas otras” (nota de la autora, pág. 15).

[2] Se refiere a autores como Walter Benjamin, Maurice Halbwachs, Andreas Huyssen, Paul Ricouer y Tzvetan Todorov.