¿Y?, rotación y / traslación, ¿nos / vemos /

el XXI? ¿Nos / vamos o / nos quedamos?

Gonzalo Rojas

 

¿Y? Sucedió lo que nunca imaginamos y tantas veces fue anunciado. ¿Nos veremos por la ciudad estos días? ¿Nos vamos o nos quedamos? La Asamblea Constituyente que muchos trazamos como deadline para todo este conflicto se dio, y la desmotivación que hemos padecido encerrados, la ira que ha despertado el sanguinario abuso de poder y la enfermedad de nostalgia que nos ha invadido en pos de un futuro imposible, parecen no tener remedio. ¿Cómo no enloquecer en el porvenir de un país que no quiere ser habitado?

Yo no quiero ya verte tan triste.

Yo no quiero saber lo que hiciste.

Yo no quiero esta pena en mi corazón.

Nuestra salud mental está en declive, obviamente. El surgimiento de iniciativas de asistencia psicológica gratis como las de la Nueva Escuela Lacaniana y Psicomóvil UCAB, entre muchas otras que se han difundido estos cuatro meses, indica que las instituciones que estudian o sanan la psique han tomado estos días con alarma. Creo que la debacle política que ha incidido duramente en nuestra vida personal –o más de lo que suele incidir, no olvidemos la consigna feminista, the personal is political– se traduce en una vivencia de lo siniestro en Freud, lo unheimlich, que nos ha llenado de angustia. Para el psicoanalista, esta sensación de que lo familiar se torna extraño y hasta repulsivo, se halla fácilmente en “el retorno involuntario a un mismo lugar” o “cuando se yerra por una habitación desconocida y oscura, buscando la puerta o el interruptor de la luz, y se tropieza, en cambio, por décima vez, con un mismo mueble.” Estas situaciones en que la soledad, el silencio y la oscuridad, “factores con los cuales se vincula la angustia infantil,” reinciden y nos aplastan, ¿no se asemejan a los incontables días de tranca y de marcha y de represión?

Yo no quiero meterme en problemas.

Yo no quiero asuntos que queman.

Yo tan solo les digo que es un bajón.

Lo siniestro lo padecemos entre muchos, como muchos, y no individualmente; al menos ese es nuestro caso. Puede que auxilie, pero no creo que una serie de sesiones de psicoterapia sea suficiente para erradicar la soledad que impone una ciudad en guerra. Algunos deciden cortar con el caos y se van a otros países, y son tildados por islas de gente como egoístas. Pero pienso que es momento de destacar el yo. Ser masa en nuestra historia no ha traído soluciones; tal vez consigamos un elixir para la nación si hacemos énfasis en nuestras diferencias.

Yo no quiero sembrar la anarquía.

Yo  no quiero vivir como digan.

Tengo algo que late en mi corazón.

Como muchos, podemos identificarnos con tres conceptos: masa, pueblo y multitud. Si nos guiamos por Canetti, como masa, aceptamos que necesitamos control y liderazgo, nos entregamos con brazos abiertos y bocas cerradas como instrumento para un mesías. Si por vía de Laclau optamos por ser pueblo, reconocemos unas necesidades y diferencias abismales con el sistema que nos unen; pero las subyugamos a una figura o un proyecto cuyas promesas pueden ser engañosas. Como multitud, en cambio, “las diferencias sociales singulares que constituyen la multitud han de hallar siempre su expresión y nunca nivelarse en la uniformidad, la unidad, la identidad o la indiferencia” (Hardt y Negri dixerunt). Si nos entendemos como piezas únicas en la maquinaria que confronta al gobierno, si no dejamos que nos vuelvan masa y nos enfermen y nos espanten ante un futuro parecido al presente, yet not quite, necesitaremos más que pastillas y alcohol para seguir adelante.

Yo no quiero vivir paranoico.

Yo no quiero ver chicos con odio.

Yo no quiero sentir esta depresión.

Que la lección quede de por vida: para Nietzsche, el valor de un hombre dependía de su Sonderstellung, su puesto único en el cosmos. Es el desarrollo y la realización de una potencia –a mi parecer, de un talento propio y diferenciador– lo que distingue a un hombre de un animal; en este caso, lo que lo distingue de un resignado o un enfermo. Para hacer de nuestra lucha un éxito, para hacer de lo siniestro algo hogareño, de lo unheimlich algo heimlich, hemos de hacer un ejercicio de introspección y buscar nuestro puesto en este microcosmos. A pesar de la locura, o impulsados por ella, hemos de definirnos como individuos para recuperarnos como sociedad.

Yo no quiero volverme tan loco.

Yo no quiero vestirme de rojo.

Yo no quiero morir en el mundo hoy.

¿Nos vamos o nos quedamos? No puedo responder esa pregunta por ti, querido lector. Pero sí puedo decirte que Venezuela es un manicomio, que no quiero volverme tan loco, y que escogeré la pluma para tachar a los que busquen matarnos, dibujar otros caminos y escribir las preguntas que no nos hemos hecho. Tú, ¿qué harás para sentirte en casa?

Diego Mojica. De la serie “Resistencia 2017”.