“La urbanización Altamira fue, sin duda alguna, una de las mejores experiencias urbanísticas caraqueñas, empresa que, teniendo un objetivo financiero, supo conjugar la calidad estética con el fin utilitario”. Luis Roche, Enrique García Maldonado y los hermanos Julián y Luis Martín fueron los protagonistas de esta aventura que, pese a oscuros pronósticos ‘por su lejanía de la ciudad’, ha significado un rotundo éxito de la voluntad, el conocimiento arquitectónico, la técnica y el amor por la ciudad

Prolegómenos de la urbanización

La urbanización Altamira fue concebida como un desarrollo residencial dirigido a la clase media y media alta entre 1943 y 1944, a partir de la lotificación de los terrenos de la hacienda Los Dolores. Desde finales del siglo XIX y hasta comienzos del siglo XX, esta había sido propiedad de los inmigrantes españoles de origen canario Juan Díaz Chávez y Dolores Rodríguez, arribados al país en 1842 y progenitores del escritor y médico Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927), quien la heredaría en 1902, al fallecer su padre. En 1911, también hereda de su madre la hacienda San José, dedicada al cultivo y procesamiento de caña de azúcar −hoy el Parque del Este−, lo cual incrementaría sus posesiones (Martín, 1994:308).

Después de fallecido Manuel Díaz Rodríguez, en 1927, la hacienda Los Dolores sería adquirida por los hermanos Francisco de Sales y Ana Cecilia Branger Párraga, a comienzos de la década de 1930. Estos eran descendientes del agrimensor de origen francés Ernesto Louis Branger, fundador de Telares Carabobo, en 1910, y de Aceites Branca, industrias sustentadas a partir del cultivo de la fibra y semillas de algodón, respectivamente (Barrios, 2005). Ante el crecimiento de las empresas, sus sucesores buscarían nuevas tierras para la producción, lo que los condujo a la compra de la hacienda Los Dolores, además de otros predios cercanos al pie de El Ávila, llamadosQuintero y El Rosario, surcados por las quebradas Seca, Pajaritos y Quintero.  Al comprar e integrar las diversas posesiones, le cambiaron el nombre por el de Hacienda Paraíso (Alcaldía del municipio Chacao, 2010).

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Figuras 1 y 2: Proceso de la urbanización Altamira, entre 1945 y 1957

Francisco de Sales Branger fallecería a comienzos de la década siguiente, alrededor de 1940 (Arbeláez, 2002). Su hermana Ana Cecilia y su viuda, Teresa Sagarzazu, decidieron entonces vender la hacienda a los hermanos don Luis y Carlos Roche, en 1943, quienes estaban tras la pista de nuevas tierras, con el objetivo de iniciar otro desarrollo urbanístico, después del éxito alcanzado en los anteriores. La iniciativa de poblar este sector rural de 110 hectáreas, ocupado por la hacienda El Paraíso, pese al proceso edificatorio que se había emprendido pioneramente en las haciendas circunvecinas, sería el germen de la futura urbanización Altamira, (Figuras 1 y 2), dándose origen a “los trabajos de aquella urbanización, que fue, y sigue siendo, la mejor realización de Luis Roche, en plena posesión de su experiencia, y en plena madurez física e intelectual” (Roche, 1967: p. 85).

Despertar de “Altamira, dirigida por Luis Roche”

Don Luis Roche Jacquin, nacido el 20 de noviembre de 1888 y fallecido el 16 de junio de 1965, fue el autor intelectual y promotor financiero de la urbanización. Para dar cuerpo jurídico a la iniciativa se conformó una sociedad anónima bajo la denominación Compañía Urbanizadora Altamira S.A., según acta constitutiva fechada el 6 de mayo de 1944 (Compañía Urbanizadora Altamira S.A., 1944 a).  Esta Compañía la integraban Luis Roche, como presidente; Jorge Roche y Juan R. Oramas R., como directores, y Carlos Roche y Humberto Croes Herrera, en calidad de vocales. En el año 1944 se solicitó el permiso al Concejo Municipal para comenzar el parcelamiento, proceso que se extendería hasta 1950, procediéndose entonces a la entrega formal ante la municipalidad para la dotación de los servicios públicos. Para entonces era presidente de la municipalidad de Petare el Dr. Humberto Anselmi. El documento de entrega quedó registrado bajo el N° 66, Tomo II, trimestre de 1950 (Alcaldía de Chacao, 2010).

Debido a la distancia del nuevo urbanismo respecto al centro de Caracas, hubo muchos escépticos que auguraban su fracaso. Al parecer, la venta confrontó ciertas dificultades al comienzo, por los costos de las parcelas y la lejanía con respecto a la capital. Probablemente, también incidirían las circunstancias políticas y económicas, ya que en octubre de 1945 se había consumado el golpe de Estado que depuso al gobierno de Medina Angarita, y externamente se iniciaba la crisis financiera al término de la II Guerra Mundial, dejando a posibles inversionistas locales y foráneos en la incertidumbre y la bancarrota.

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Figuras 3 y 4: Publicidad de la urbanización y de la línea de transporte

Comenta Marcel Roche, en la biografía que escribiera de su padre: “no faltaron los que decían: Es demasiado lejos, ¡No se puede vivir allá!’. Uno de los Ministros más inteligentes de Medina exclamó: ‘Esta vez Roche entierra el cacho’ ”  (Roche, 1967: p. 86).

En virtud de ello, don Luis Roche y sus asociados emprendieron una aguerrida estrategia publicitaria que recurrió a emplear, desde los recursos más convencionales, hasta los más exóticos y creativos (Figuras 3 y 4). Roche había usado diversos lemas propagandísticos en las urbanizaciones precedentes a esta, tales como “La Florida, a 7 minutos de la Plaza Bolívar” o “San Agustín, Ahorre dinero y duplique su capital. San Agustín moderno y central” (De Sola, 1965:143). Para Altamira simplemente se promocionó como “Altamira, dirigida por Luis Roche”, en virtud del prestigio adquirido como urbanista y empresario por su promotor.

A lo mediático se sumaría una serie de propuestas novedosas para garantizar, no solo el éxito de la empresa, sino también la calidad, tanto del producto urbanístico en venta, como el futuro bienestar de los compradores y próximos pobladores. No obstante, el ancla para la venta eran las cualidades paisajísticas del entorno y los servicios ofrecidos como parte del urbanismo, que en orden jerárquico la publicidad destacaba.

La urbanización conjugaría diversos referentes urbanos, tanto funcionales como formales, a partir de analogías que don Luis Roche había ido acopiando a través de sus viajes al exterior, en París, Barranquilla, Buenos Aires… La solución fusionaría ideales europeos bajo el filtro latinoamericano.

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Figuras 5 y 6: Avenida 9 de julio y Plaza Francia de Altamira

Del urbanismo academicista francés de inspiración clásica y barroca del barón Georges-Eugène Haussmann derivaría la plaza monumental y el bidente con sus dos avenidas principales, sustentado en la idea de rectilíneos bulevares arbolados, con edificios monumentales, partiendo de su traducción a tierras americanas en la plaza de la República y la avenida 9 de julio de Buenos Aires (Figuras 5 y 6). Del urbanismo pintoresco anglosajón adoptarían el referente de la ciudad-jardín de Ebenezer Howard, en su adaptación tropical de la urbanización El Prado de Barranquilla, plasmado en las pintorescas calles transversales, tanto rectas como sinuosas, con bordes lotificados para viviendas unifamiliares con retiros y jardines. (Figuras 7 y 8).

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Figuras 7 y 8: Avenida Colombia en El Prado y Avenida El Parque

En cuanto a los espacios públicos, la promoción garantizaba, en primer término, el desarrollo de tres avenidas de 5 km y 22 metros de ancho, “con piso asfáltico y todas las esquinas ornamentales”; la ejecución de 20 kilómetros adicionales de avenidas de 13 metros de ancho, con piso de asfalto igual que las principales; la construcción de una plaza de entrada monumental y diseño academicista de inspiración neo-barroca, en cuyo centro se levantaría un obelisco de 24 metros de altura, circundado de fuentes y jardines, acompañado en su frente de un espejo de agua de 50 metros de largo, envuelto en jardines; la dotación de cuatro parques infantiles equipados de juegos y un área cubierta para protegerse de la lluvia, uno de los cuales corresponde al actual Parque El Bambú; además de una avenida especial para paseos a caballo (allé cavaliere) “de larga extensión, muy sombreada y pintoresca para esparcimiento de los amantes de la equitación”, en la sexta transversal. Todo ello apuntando al ideal campestre y bucólico de una “ciudad jardín” con un ingreso monumental y cosmopolita (Figuras 9 y 10), que la engranara al camino del Este, futura avenida Francisco de Miranda (Compañía Urbanizadora Altamira S.A., 1944b).

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Figuras 9 y 10: Valla publicitaria de Altamira y Plaza Altamira en 1945

En cuanto al equipamiento urbano, se preveía la construcción de un teatro-cine de “modernísima” arquitectura, rodeado de locales comerciales en los cuales se establecerían “farmacia, casa de abasto, salón de peinado, agencia de correo y estampillas”, consideración que daría lugar al edificio y cine Altamira, demolido en años recientes; también se planificaba la construcción de “dos edificios muy amplios” para escuelas, desde kindergarten hasta 5° grado, dotados de las disposiciones modernas en pedagogía (ídem), acciones materializadas en los colegios Don Bosco y María Auxiliadora. Estos rasgos buscaban equilibrar el aspecto campestre con un toque cosmopolita (Figura 11).

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Figura 11: Plano esquemático de la urbanización (Fuente: Pérez, F. (2014)

En cuanto a los servicios, se proveería de un acueducto modelo de agua potable, alimentado de los manantiales de El Ávila; el acondicionamiento de un parque “agreste zoológico” (ídem) a los pies de El Ávila, al final de la avenida El Parque, en parte de cuyo emplazamiento y en su recuerdo se ubica en la actualidad el restaurant Tarzilandia; y finalmente, la creación de una “línea de autobuses propia y exclusiva, con itinerario directo desde Altamira al centro de Caracas y viceversa” (ídem).

Para incentivar las ventas, se dispuso de un sistema de vehículos para movilizar a los compradores por la futura urbanización, desde las oficinas ubicadas, una entre las esquinas de Sociedad a Camejo en el centro de Caracas, y otra en la quinta transversal de la urbanización. Por otro lado, complementando lo anterior y en respuesta a la lejanía con respecto a la ciudad, se promovió un sistema de transporte público exclusivo que comunicaría a la urbanización con el centro de Caracas, generando un circuito que tenía varias paradas dentro del trazado. Estas partían de la plaza Altamira como nodo principal, con esperas intermedias a lo largo de las avenidas El Ávila y El Parque, hasta alcanzar la décima transversal, continuando con una ruta interurbana de paradas a través de la ciudad hasta llegar a la iglesia Santa Teresa, en el centro, como punto terminal (Figuras 12 y 13).

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Figuras 12 y 13: Línea propia de Altamira

Esta ruta de transporte público fue el impulso para la construcción de las paradas de “estacionamiento” de los autobuses sobre las vías principales de la urbanización, de las cuales actualmente se conservan cuatro, pero que conformaron un sistema articulado a lo largo del trayecto descrito.

Uno de los rasgos más característicos de la urbanización lo constituiría la ambientación y el ornato público de la plaza nodal, parques, avenidas, calles, y paradas de autobús de la ruta interna creada ad hoc,  logrados mediante una línea estilística común aplicada a los dispositivos del equipamiento edilicio público y el mobiliario urbano, lo cual reforzaría el carácter de ciudad-jardín, inspirado en motivos de afiliación hispánica, entre neobarroca y neocolonial. Siguiendo los recursos de la época, se ejecutaría combinando técnicas constructivas industrializadas a base de piezas prefabricadas de concreto y procesos artesanales, tales como revestimientos de tejas criollas en los techos y acabados texturizados abujardados en todas las piezas prefabricadas.

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Los patrones filológicos empleados se expresarían mediante molduras y cornisas engoladas, vanos polilobulados y mixtilíneos, volutas, canecillos, pináculos y balaustradas, entre otros, los cuales homogeneizaron los ámbitos de la urbanización, connotándolos y diferenciándolos hasta la actualidad de los correspondientes a las vecinas urbanizaciones de La Castellana y de Los Palos Grandes.

Los artífices, Martín hermanos, entre sismos, tradición y modernidad

Las parcelas comenzaron a venderse a 20 bolívares el metro cuadrado en todas las avenidas, con excepción de las avenidas El Parque, El Ávila y la sexta transversal, cuyo precio era algo superior a 25 bolívares el metro cuadrado. A pesar de los pronósticos, la experiencia fue exitosa con el tiempo. A ello contribuiría la elegancia de su trazado, su equipamiento y mobiliario urbano, aspectos que en su conjunto sellarían su triunfo.

La delineación y fabricación de todos los componentes de la urbanización, desde el obelisco, su corazón icónico, y los elementos de las fuentes, brocales y molduras prefabricadas de la plaza que lo enmarcan, hasta las casillas de espera de los autobuses, sus ornamentos y asientos, fueron ejecutados por la firma Martín Hermanos, formada alrededor de 1942-1943 por los hermanos Julián Martín Martín (Madrid, 1907 – Caracas, 1972) y Luis Martín Martín (Valparaíso, 1909 – Caracas,1971)  (Vilagut, 2014).

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Los hermanos Julián y Luis eran descendientes del matrimonio formado por el ingeniero don Julián Martín Pascual (1881-1942) y doña Julia Martín Sanz (1885-1942), ambos de nacionalidad española, y residenciados en Madrid hasta 1907. Los esposos Martín Martín tuvieron, además de Julián y Luis, otros trece hijos, de los cuales seis fallecieron en el alumbramiento o al poco tiempo de este. En orden cronológico, fueron estos los gemelos Antonio (1903-1903) y Santiago (1903-1903), Encarna (1904), Consuelo (1905-1990), Fernando (1910), Elia (1911-1911), Carmela (1912-1973), Gloria Esther (1913-1973), Emilio (1914-1914) Julia (1915-1991), Carlos (1917), Enrique (1921-1921) y Susana (1922-1922), estos últimos, al igual que los dos primeros, también fallecidos en el parto. De la amplia descendencia, los cinco primeros vástagos nacerían en Madrid, los demás en Valparaíso, Chile, con excepción de los dos últimos, que aunque fallecidos al nacer, lo harían en Perú: Enrique en El Pisco y Susana en Arequipa (ídem).

En 1906, un fuerte terremoto sacudió a Chile, con graves consecuencias en la ciudad de Valparaíso, que para la época se había convertido en un importante centro poblado y principal puerto de Chile. Ante los daños estructurales generados por el siniestro en numerosos edificios y las graves circunstancias económicas que confrontaba España, don Julián decide emprender viaje hacia la región austral de América, dadas las perspectivas laborales que a raíz del sismo se avizoraban para su formación profesional como ingeniero.

En 1907, al poco de nacido Julián, se traslada con la familia a Valparaíso. Allí  nacería Luis, apodado Lucho, el otro socio de Julián hijo, integrante fundador de la firma Martín Hermanos y el resto de los hermanos Martín Martín, quienes desplegarían sus primeros años de vida y formación en la ciudad austral, en disciplinas tan diversas como numeroso era el clan familiar: “artes, pintura, teatro, baile, cocina…” Allí residieron hasta el mes de noviembre de 1914. En ese tiempo, don Julián Martín Pascual, primeramente en calidad de maestro de obras y luego como contratista, realizó un balneario cerca de Valparaíso y otros proyectos y obras en Viña del Mar y Santiago de Chile. Sus hijos mayores, Julián y Luis, se fueron involucrando de la mano de su padre en el área de la ingeniería y de la arquitectura, creciendo entre planos y materiales de obra. “La familia vivía de la construcción, (…) pero hacían también otras labores, sin olvidar las tablas” (ídem).

Nuevos episodios telúricos, esta vez en la vecina nación del Perú, en 1917, atraen al ingeniero Martín Pascual y al resto de la familia Martín Martín, quienes al obtener nuevos encargos profesionales, entre 1915 y 1920, se trasladan a Perú, “estableciéndose varios años en Pisco hasta 1922, luego en Arica, Arequipa, y Lima”, y más tarde a Bolivia, en 1925, en donde proyectaría y dirigiría las obras de la catedral neo-románica de la Santísima Trinidad, en el departamento del Beni, concluida en 1931. Entre ambas naciones, la familia comienza a expandirse. Encarna Martín contraería nupcias en 1923 con don Luis Eleodoro Cucalón Canchis en Arequipa, Perú, y Consuelo con Julio Vilagut Rodríguez en 1925, en Trinidad, departamento del Beni, Bolivia (ídem.).

A fines de la década de 1920, el ingeniero Julián Martín Pascual y familia siguen su periplo por el continente. Primeramente hacia la Guayana Francesa y a la isla de Martinica, a comienzos de 1929; de allí a Cumaná, en territorio venezolano, nuevamente motivados por razones laborales, ante los daños causados por el terremoto del 17 de enero de ese año,  acaecido en la ciudad oriental. La familia arribó a Cumaná el 4 de mayo de 1929. Allí el padre con sus sucesores formarían la empresa Julián Martín Pascual e hijos, permaneciendo durante dos años, para atender los numerosos trabajos que les habían encomendado. Por su lado, su hija Consuelo y Julio Vilagut se trasladaron y residenciaron en Caracas, en tanto Encarna y Luis Cucalón regresaron a Lima (ídem.).

Entre otros proyectos y obras en Cumaná, atenderían la reconstrucción de la iglesia neogótica de Santa Inés, afectada por el sismo, por contrato con Fray Cayetano de Carrocera, donde diseñaron y construyeron, además de la fachada principal, varios altares y piezas ornamentales que le confirieron la imagen actual (Oropeza, 2010). También proyectarían el neoclásico Palacio de Gobierno de Cumaná, inaugurado el 17 de diciembre de 1930 (IPC, 2006: p. 43); el  cine-teatro Pichincha,  de estilo art decó; la remodelación de la Plaza Bolívar, además del ensanche de varias calles. Un reconocimiento a esta loable labor sería reseñada en el diario El Siglo de Carúpano, el 7 de noviembre de 1978, con el título: Martín Pascual, madrileño ilustre. (López González, 1978).

altamira dirigida por luis roche-86En enero de 1932, don Julián e hijos se trasladan a Caracas, fijando su primera residencia en el centro, entre las esquinas de Tejar a Rosario #98, de donde se mudarían a la recientemente estrenada  urbanización El Conde, algunas de cuyas casas serían también diseñadas y construidas por los hermanos Martín y su progenitor (Vilagut, 2014). En ellas desplegarían su ingenio, amalgamando los motivos historicistas de la tradición artesanal hispánica con las potencialidades industriales del cemento, desarrollando múltiples motivos ornamentales que caracterizarían el desarrollo de Altamira.

Para aquellos años, se encontraban en proceso las primeras urbanizaciones de don Luis Roche: San Agustín del Norte (1925), en sociedad con Juan Bernardo Arismendi, y San Agustín del Sur (1928-1929), en asociación con Diego Nucete Sardi, en calidad de contratistas, para el Banco Obrero como promotor institucional (González, 2008), vecinas al desarrollo de El Conde, donde los Martín Martín se habían instalado.

A estas iniciativas de Roche se sumarían más tarde La Florida, también en sociedad con Juan Bernardo Arismendi, (1929); Don Bosco, con apoyo del Banco Mercantil y Agrícola y La Previsora (1935), y Los Caobos, en sociedad con Rafael Isava Nuñez (1939-1941), preludios urbanísticos a lo que luego desarrollaría en Altamira (1943). Todas conformaban un amplio espectro de posibilidades en el que los hermanos Martín Martín pudieron aportar, tanto sus habilidades artísticas, como constructivas (Roche, 1967).

En El Conde emplazaron sus talleres; “Julián era el que diseñaba y Luis, su hermano, (…), ejecutaba los diseños con el grupo de obreros, entre quien destaca Ramón Peña, de Guanare” (Martín, 2013). Julián Martín Martín (diseñador) contrajo matrimonio con la dama venezolana Lirio La Riva Contreras y Luis Martín Martín (escultor) haría lo propio con María Estaba Acuña. Ambos matrimonios, al igual que los de los demás hermanos y hermanas, contribuirían a la expansión de la fecunda familia. (Vilagut, 2014).

Dada la cercanía con Luis Roche desde que llegaran a la ciudad, muy probablemente estuvieron involucrados en la continuidad de las obras de los Pasajes de San Agustín del Sur, en especial en el cuerpo comercial del pasaje 5 y la ornamentación de las viviendas, así como en el diseño y ornato de la primigenia Plaza Venezuela, el Puente Bolívar y las fuentes ornamentales asociadas a estos, en la ulterior urbanización Los Caobos, entre otras obras neocoloniales de la Caracas de las décadas de entre 1920 y 1940. En las citadas obras se lograrían detalles formales y constructivos muy afines a los de Altamira. Más tarde, también edificaron el cine Alameda, (Martín, 2013) en el mismo entorno de San Agustín del Sur, siguiendo las líneas art decó ensayadas en el cine-teatro Pichincha de Cumaná.

Julián Martín Pascual se trasladó a Barquisimeto el 19 de enero de 1933, y desde allí, con sus hijos, atendió nuevos trabajos en las ciudades de Guanare y San Cristóbal. En la primera proyectaría y levantaría el Monumento a la Virgen de Coromoto, en la plaza del mismo nombre; posiblemente en San Cristóbal participaría en los proyectos del Palacio de la Gobernación, proyectados por Luis Eduardo Chataing, en esos años (Vilagut, 2014).

El matrimonio de don Julián y doña Julia tenía planeado retornar y residenciarse en España, pero en pocos años estallaría la guerra civil española, truncando para siempre la posibilidad de retorno. No obstante, su legado humano y edificado quedaría enraizado en las múltiples y anónimas obras que junto a sus hijos edificaron (ídem).

En 1942, precisamente un año antes de que Luis Roche adquiriese los terrenos de la hacienda El Paraíso, el matrimonio perecería; Julián, el 26 de enero; Julia, el 6 de junio, siendo sepultados ambos en el panteón familiar de la familia en Caracas. Sus hijos, Julián y Luis, siguiendo la traza de su padre, emprendieron una nueva empresa,Martín hermanos, y con esta denominación social arrancarían su valiosa participación en la urbanización Altamira, coparticipando en el proyecto, obras y equipamiento con el arquitecto Enrique García Maldonado, planificador del trazado (ídem). Al igual que sus padres, seguirían residenciados en Caracas, donde fallecerían, Luis en 1971 y Julián en 1972, dejando en Altamira, entre otras obras, la traza de su herencia hispánica.

El legado de la simbiosis Roche, García Maldonado y Martín hermanos

El vínculo de Luis Roche y Enrique García Maldonado con Julián y Luis Martín Martín legaría para Caracas una de las urbanizaciones mejor trazadas y ornadas.

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Figura 14: Plaza Altamira, 1945

Por un lado, el esbelto obelisco (Figura 14), símbolo de la urbanización, fue el primero erigido en el área metropolitana, anterior al del paseo Los Próceres (1956). Su altura superaría a la Catedral de Caracas, de acuerdo con el aviso promocional: “Monumental Obelisco. Más alto que la Torre de Catedral. Se construirá en este sitio”. La inauguración de la plaza y el obelisco, polo de atracción y corazón futuro de la urbanización, se efectuó el 11 de agosto de 1945, cuando cientos de personas se dieron cita en el novísimo espacio para presenciar la flamante iluminación y la apertura de las fuentes de agua, engalanadas con efectos cromáticos que completaban la novel urbanización. (Alcaldía de Chacao, 2010).

Por otro lado, el conjunto de paradas (Figura 15),  otro de los testigos de su esplendor, de las cuales se conservan cuatro, estarían conformadas por unos sencillos volúmenes de planta rectangular y cubierta en forma de pabellón a cuatro aguas tipo hipped-roof, con dos vertientes principales trapezoidales y dos menores triangulares, soportadas por cuatro pilares esquineros prefabricados de sección poligonal en L, apoyados sobre basamentos moldurados laterales, que forman pórticos en sus caras mayores y vanos de ventana mixtilíneo en las otras dos.

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Figura 15: Una parada de autobús de Altamira, 1945

Entre los pilares se apoyaron cuatro vigas prefabricadas, que a manera de dinteles y dispuestas sobre ménsulas decorativas mixtilíneas, soportarían las losas de la cubierta prominente revestida con tejas criollas y un alero perimetral ornamentado con canecillos prefabricados, que en su conjunto concretan la imagen neocolonial de cada parada (Pérez, 2012).

La urbanización Altamira fue, sin duda alguna, una de las mejores experiencias urbanísticas caraqueñas, empresa que, teniendo un objetivo financiero, supo conjugar la calidad estética con el fin utilitario, enriqueciendo tanto al desarrollo, como al resto de la ciudad mediante una óptima dotación de servicios complementarios y la reinterpretación de referentes urbano-arquitectónicos foráneos. El conjunto es testimonio de la concepción moderna y avanzada que motivara a sus urbanizadores y proyectistas, en respuesta a los problemas urbano-metropolitanos de desplazamiento que ya comenzaba a experimentar la ciudad tradicional. Por un lado, es testimonio de la fusión de referentes urbanos internacionales; por otro, su equipamiento y mobiliario urbano lo es del lenguaje neocolonial. Y su síntesis, como resultado final de unos y otros, subyace como testigo material de la obra titánica y visionaria de su creador, don Luis Roche Jacquin, en el proceso urbanístico de ocupación del Valle de Caracas.

Fuentes

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Francisco Pérez Gallego
Profesor de la Universidad Central de Venezuela
Julio de 2015