Luis Roche y sus asociados, entre quienes destaca Enrique García Maldonado, concibieron y se empeñaron en realizar una idea de ciudad que, sin menospreciar la rentabilidad inmobiliaria, recogiera en su configuración el progreso y la modernidad hacia los que Caracas estaba encaminada. La Plaza Altamira –y también la Plaza Venezuela– son las obras más representativas de este camino, que llevó a sus creadores más allá de lo posible y lo políticamente necesario

La plaza Altamira es, sin duda, un hito fundamental de la ciudad. Aun cuando su sector Sur sigue incompleto, aunque en su envolvente coexisten algunas arquitecturas poco amables en escala y volumetría y que los lugares de espera del transporte público persisten en deuda con los usuarios, el espacio y su obelisco suscitan imaginarios de orgullo ciudadano.

Este espacio público, por otro lado, formó y forma parte de un exitoso esquema inmobiliario que notables réditos ha brindado a sus promotores y a la metrópoli en general. Con ello queremos insistir en que, contrario a lo que pudiera pensarse, un proyecto urbano de calidad no está reñido sino estrechamente vinculado con su rentabilidad inmobiliaria.

Caras y monedas: Calidad urbana y rentabilidad

Con frecuencia, la promoción inmobiliaria se asocia a sacar el máximo provecho al área vendible a costa de espacios abiertos y equipamientos que, en muchos casos, aparecen −en caso de aparecer− en los terrenos periféricos y menos aprovechables de los conjuntos urbanísticos. Este tipo de actitud carece de asidero histórico. Al menos desde la época de Vitruvio, el arquitecto romano que escribió Los diez libros de Arquitectura, texto fundamental en la historia de la teoría arquitectónica y urbana, hay un pronunciamiento acerca de la importancia de la trama urbana, los espacios públicos y las edificaciones públicas en el desarrollo urbano de calidad. Inspirados, casi al calco, en estos principios vitruvianos, los encargados de la fundación de ciudades coloniales difundieron por todo el continente un sistema urbanístico en retícula, la llamada “cuadrícula”, la cual colocaba un espacio abierto (denominado Plaza Mayor) en el centro del conjunto recién creado. Para enfatizar la importancia de este sitio, se rodeaba con las sedes de las principales instituciones, que en su momento eran la iglesia y el cabildo.

Mucho más recientemente, el urbanista Jan Gehl ha afirmado, con base en una muy exitosa carrera como pensador y ejecutor de proyectos urbanísticos muy significativos: “Primero la vida, después los espacios [públicos], después los edificios –la inversa nunca funciona”. Altamira y su plaza son un ejemplo de estas formas de actuación. Siguiendo la milenaria sabiduría, Luis Roche (1888-1965), al igual que otros urbanizadores, sabía que espacios y edificios públicos −calles, parques y plazas− agregan valor. Y un valor que rebasa lo cualitativo o estético. Por ello, apareció en lugar preferencial, en varias de las nuevas urbanizaciones caraqueñas, una pléyade de rotondas, clubes deportivos propulsados muchas veces por agrupaciones de inmigrantes, centros sociales y espacios abiertos de carácter público.

Si observamos un plano de Caracas de mediados del siglo XX, notamos el impacto que tuvieron el crecimiento poblacional y la renta petrolera sobre la incipiente metrópoli. Podemos observar cómo las áreas residenciales y las centralidades se van desplazando hacia el Este, sobre los terrenos de antiguas haciendas. El sector público contribuyó con obras de infraestructura; es el caso del corredor en la avenida Francisco de Miranda, que busca prolongar otros corredores importantes, como el Paseo Colón, la Gran Avenida y Sabana Grande, funcionando como articulador de intervenciones públicas y privadas. Este “corredor de modernidad” incluyó varios espacios singulares, como la Plaza Venezuela, la Plaza Altamira y el Parque del Este. Las dos primeras corresponden a la iniciativa de Roche, quien en muchas oportunidades buscó el apoyo de profesionales como Manuel Mujica Millán, en La Florida, Enrique García Maldonado, en Los Caobos y Altamira y Arthur Kahn, también en Altamira.

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Como en la ciudad histórica tradicional, las nuevas centralidades de la modernidad surgieron en torno de un espacio público: las plazas Venezuela y Francia. He aquí una maniobra inmobiliaria de gran impacto, la cual logra una especie de multiplicación de los panes y los peces; además de producir un receso en el tráfago metropolitano de una vía arterial importante, se aumenta la cantidad de inmuebles asociados a la accesibilidad, dinámica y valor económico del corredor arterial urbano.

De esta manera, los picos de valor que originalmente se limitarían a las dos fachadas a ambos lados de la vía principal, ocupando el ancho de lo que es la plaza, ahora se llevan a un perímetro amplio. Dicho en otras palabras, en el caso de la plaza Francia de Altamira, por ejemplo, de un frente urbano de 120 metros sobre la avenida (60 metros a cada lado de la misma) se pasa a un perímetro de cuatro fachadas y más de 600 metros de longitud total, cinco veces más que si no existiera la plaza.

Este concepto, probado una y otra vez a lo largo del tiempo, lo había aplicado exitosamente el arquitecto Enrique García Maldonado en el proyecto de la urbanización Los Caobos, que había realizado previamente para Luis Roche.

Una deuda con Enrique García Maldonado

Enrique García Maldonado (1905-1990) es una de las figuras más resaltantes y menos reconocidas de la arquitectura y el urbanismo venezolanos del siglo XX. Uno de los siete fundadores de la Sociedad Venezolana de Arquitectos, en 1945, García Maldonado había en realidad iniciado los estudios de ingeniería en el año 1927, estudios que pronto tuvo que abandonar, por ser uno de los miembros más destacados y peligrosos para el régimen de la llamada Generación de 1928.

Habiendo sufrido prisión en terribles condiciones bajo el régimen gomecista, continuó en el exilio los estudios, en la Escuela Especial de Trabajos Públicos de París, donde se graduó de Arquitecto-Ingeniero, en 1934. Trabajó en Madrid, en la oficina del conocido arquitecto Luis Gutiérrez Soto y regresó a Venezuela en 1936. Poco después, en 1938, se incorporó como segundo al mando en la Dirección de Urbanismo del Distrito Federal, la cual fue la plataforma local o interfaz con el grupo de asesores franceses, encabezados por Maurice Rotival, que elaboraron el llamado Plan Monumental de Caracas, en 1939.

Luego de la presentación del Plan Monumental, en el propio año 1939, García Maldonado participó en dos proyectos de gran relevancia; colaboró con el arquitecto Rafael Bergamín en el proyecto del teatro Ávila, uno de los primeros edificios modernos en la capital venezolana, y fue el profesional responsable de la urbanización Los Caobos, en terrenos de la antigua hacienda Maripérez; como antes se mencionó, fue patrocinada por Luis Roche. Nació entonces la “Plaza Monumental” (lo monumental estaba en boca de todos en aquel entonces), después llamada Plaza Venezuela, nuevo centro de la ciudad en crecimiento y pivote con la naciente Ciudad Universitaria.

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Es de destacar el talento desplegado en el trazado de la trama de la urbanización Los Caobos que, naciendo en el conjunto de vías que convergen en la Plaza Venezuela (La Salle, Lima y Bogotá) se despliega hacia lo que serán posteriormente las avenidas Andrés Bello, Río de Janeiro de Los Caobos, Libertador (con el puente Libertador, que luego desapareció) y la futura Gran Avenida (otra aventura inmobiliaria de Roche en la década de 1950, donde apareció el primer centro comercial de Caracas). Además, se crea una calle en diagonal, la avenida Quito, que permitiría la conexión con la urbanización La Florida, también obra de Roche.

Por su parte, la Plaza Venezuela, con su envolvente circular de 120 metros de diámetro, sigue  el precedente barroco y decimonónico de las redomas y nodos entre vías diagonales. Por demás, hay en esta identidad de urbanismo europeo un deseo de resaltar el espacio público mediante el ornato urbano. Como expresa la memoria descriptiva del proyecto:

“Nos vamos a esforzar en hacer de la Plaza Monumental de entrada un motivo tan decorativo como posible: en su centro colocaremos dos grandes fuentes luminosas cuya agua será de circuito cerrado, removida por bombas especiales. En cada una de las 4 esquinas de que forman la plaza proponemos construir edificios muy elegantes que complementan la armonía general del conjunto”.

Con las remodelaciones sufridas por la Plaza Venezuela, apenas quedan vestigios del mobiliario y ornamento original. Sin embargo, la trama general permanece y desde la década del 50, con la construcción de la Torre Polar, seguida años más tarde por las de Phelps y Capriles, se hizo honor a la elegancia que pretendía el proyecto original.

Contando con la experiencia obtenida en Los Caobos, Roche reproduce en Altamira (1943-1950), según entendemos también con apoyo de García Maldonado, el esquema de un espacio abierto con trama vial convergente hacia el Norte y el Sur; son las actuales avenidas Luis Roche y San Juan Bosco. En esta oportunidad, a diferencia de la Plaza Venezuela, el espacio abierto se prolonga a ambos lados del corredor urbano, proyectando su influencia al Sur, donde luego se construirá la Autopista del Este o Francisco Fajardo.

En cualquier caso, en las décadas siguientes serán las plazas Venezuela y Altamira dos escenarios fundamentales de distintas actividades urbanas. Aunque su geometría y transformaciones no lo faciliten, serían especialmente animadas durante las campañas electorales en Venezuela. Posiblemente, el territorio del debate democrático por el que García Maldonado y los miembros de la Generación del 28 tanto habían luchado.

La “Autopía” caraqueña y el túnel de Altamira al litoral

No puede soslayarse la influencia del uso del automóvil particular en las nuevas urbanizaciones caraqueñas. El mismo materializó el sueño de una sociedad que fue o se creyó moderna, para lo que no había reto ni naturaleza que se opusiera, y en el “hacerla que nos obedezca” aparecieron una serie de proyectos y obras retadoras: la avenida Bolívar (originalmente avenida Central), el hotel Humboldt, el Helicoide de Roca Tarpeya, los distribuidores de autopistas, entre otros. A esa categoría pertenece el proyecto del túnel al litoral por Altamira, propuesto por Roche.

La lógica inmobiliaria que antes se mencionó, de aprovechar la presencia de nuevos corredores Este-Oeste en la ciudad para crear vialidades perpendiculares de dirección Norte-Sur, un poco como la cruz del Cardo y Decumano que caracterizaba a los asentamientos de la Roma imperial, se explora hasta sus últimas consecuencias en la propuesta del túnel al litoral. De esta manera, la idea permitiría estirar el proyecto Altamira hacia el Norte, atravesando El Ávila y llegando al litoral, donde nuevas empresas inmobiliarias estarían a la espera.

En una conferencia dictada en la Bolsa de Caracas, en el año 1948, Roche anticipa la ocupación del valle de Caracas por desarrollos residenciales y las oportunidades de desarrollo en la costa, en unas 300 hectáreas correspondientes a los terrenos de las antiguas haciendas Juan Díaz y Pino, en las inmediaciones de la urbanización El Palmar. Una nueva vía permitiría el acceso al mar en apenas 15 minutos y brindaría “una digna entrada a la Capital para los extranjeros que llegan y los turistas que nos visitan”.

Tal es el atractivo del túnel, que el otro componente fundamental del proyecto, la carretera que permitiría conectar el túnel y la red vial del litoral apenas se menciona. No obstante, como en alguna oportunidad hemos señalado, considerando las limitaciones de pendiente de las vías en túnel, la carretera tendría que superar un desnivel de más de 800 metros. Asumiendo que la carretera, ubicada en la difícil topografía de la vertiente Norte del cerro, tuviese una pendiente promedio de 5%, ello significaría una longitud de más de 16 kilómetros de vía, similar a la longitud total de la autopista Caracas-La Guaira y muy superior a las estimaciones iniciales de Roche y sus técnicos.

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Comparativa entre las urbanizaciones Los Caobos y Altamira, Lorenzo González Casas, 2015 (Fuente: elaboración propia con base en plano de Caracas de 1954).

Comparativa entre las urbanizaciones Los Caobos y Altamira, Lorenzo González Casas, 2015 (Fuente: elaboración propia con base en plano de Caracas de 1954).

La caída del gobierno de Rómulo Gallegos, en noviembre de 1948, y el arribo al poder de la Junta Militar impusieron un hiato a los esfuerzos de promoción de la obra, salvo algún intento aislado por parte de la misma Junta, para finalmente ser descartada por los nuevos gobiernos, a partir del año 1958.

Nótese que la propuesta del túnel entre Caracas y La Guaira coincidió con la del proyecto de la autopista Caracas-La Guaira. Pudiera decirse que, aún en el clima de optimismo que prevalecía en la época, este solapamiento de intenciones operó en contra del proyecto de menor viabilidad e interés gubernamental, en este caso, el mencionado túnel.

El túnel fue una apuesta demasiado ambiciosa, un tanto estrafalaria, que de existir hubiese canalizado a través de la urbanización un enorme flujo de tráfico, poniendo en peligro la calidad de vida en el lugar e impuesto estímulos al cambio de uso de una magnitud mayor a la que tuvo la conexión con la avenida Boyacá o Cota 1000 en la década de 1970. Esa conexión, como refería permanentemente el profesor Alberto Morales Tucker en sus cursos de Estructura y Dinámica Urbana, significó la apertura de un grifo de movimiento vehicular desde las calles locales hacia las vías de mayor jerarquía, que transformó el sector Norte de la ciudad. Diríase que fue como invertir la circulación de la sangre, bombeando desde los vasos capilares al corazón.

Final: Una estrategia correcta en el largo plazo

La Plaza Altamira fue parte de una estrategia inmobiliaria correcta, tanto en lo ambiental como en lo económico. Algo similar se puede decir de la Plaza Venezuela, cuyo nacimiento y desarrollo por parte de Luis Roche y Enrique García Maldonado son menos conocidos y celebrados.

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El espacio y el trazado de estas experiencias han permanecido en el tiempo, conforme a lo que algunos denominan la persistencia de la trama urbana. Han aparecido nuevas edificaciones e indeseables rejas a sus bordes, estaciones del Metro, paradas de transporte público y mobiliario, sin alterar su esencia. Afortunadamente, no han vuelto a aparecer los puentes elevados que en algún momento existieron, desfigurando el espacio, pero siempre hay el riesgo de su renacimiento por obra de algún vialismo de ocasión.

La idea de un túnel al litoral  ha permanecido en el imaginario de muchos caraqueños, como signo de un progresismo que la nación no pudo realizar. Su viabilidad era en extremo complicada y un signo de la miopía fáustica que el éxito también puede generar en los que hacen ciudad. Pero no es óbice para afirmar que con las experiencias de Los Caobos y Altamira, Luis Roche y sus asociados merecen llevar póstuma y simultáneamente los títulos de urbanizadores y urbanistas.

Lorenzo González Casas
Profesor de la Universidad Simón Bolívar
Julio de 2015