La pertinencia de la obra de arte es el criterio de valoración que garantiza su permanencia y su transversalidad en las épocas. En esto, de acuerdo con José Ramírez, la obra de Nelson Garrido es insuperable, nos invita a pensar y ver la realidad en lo que tiene de creíble e imaginable

El arte se muestra, tiene sus caminos, puede ser falsificado, temporalmente, pero tarde o temprano el velo del engaño cae. Superados los criterios clásicos y modernos de valoración y validación del arte, sobrevive la pertinencia como el criterio fundamental. La obra de arte se conecta con su tiempo por la vía de su pertinencia; allí, la obra de Nelson es difícilmente superable.

Verla junta por primera vez en papel, sin censura y con una elevada calidad de reproducción, gracias a la magnífica edición de la Editorial La Cueva, es una experiencia contundente: la evolución, la coherencia y, sobre todo, el control sobre la ruta trazada, siempre un paso adelante de los hechos, porque esa es otra característica del arte, del arte real, su poder anticipatorio.

Quiero referirme brevemente a dos obras en particular de este cuerpo de trabajo, para ilustrar y dejar constancia de mi asombro y agradecimiento; la primera, “Caracas sangrante”, obra apoteósica, distópica en apariencia, pero, a la postre, absolutamente documental. Como expresara Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Nobel, La soledad de América Latina, a propósito de tratar de brindar unas coordenadas para el entendimiento de nuestros países desde Europa: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida.”. Más que imaginar, hay que saber mirar con sensibilidad y luego representar con honestidad para que el resultado, que en el caso de Nelson casi siempre apela al recurso simbólico, se convierta en una contundente crónica del futuro. Esa es la misión, o más bien, el sino del artista: ser a la vez testigo y oráculo.

Otra obra de Nelson no tan comentada, pero, a mi juicio, incluso más oracular que “Caracas Sangrante”, es “Miralda en la Carraca”. Esta obra sería suficiente para una clase de procedimientos artísticos contemporáneos; de hecho, es el primer ejemplo que uso cuando intento aclararles a mis estudiantes ese procedimiento gaseoso de la apropiación. Si “Gótico americano” es una lección de apropiación y autoapropiación, presentando a “Caracas sangrante” como paisaje en la ventana de ese hogar disfuncional pero sorprendentemente familiar, “Miralda en la Carraca” le da varias vueltas a la tuerca. Pero la maravilla no es solo que se haya aprovechado de la cercanía fonética del nombre del sujeto con el de Michelena, o recreado la vestimenta y la localidad de dichos sujetos; sino que, luego de establecer este marco de referencia, que no es otro que el de la vergüenza que sentimos al ver apresado al que fuera acaso nuestro más brillante prócer, Nelson se apropia del campo creativo de Miralda, el de la “food culture”, para desplegar una “decoración” alimentaria que hace de contenedor, de cárcel, a ese Miralda/Miranda preso, como lo estaríamos pocos años después todos, de un gobierno nefasto que basa su control social en un equilibrio entre la escasez y la dádiva.

Miralda en la Carraca nos brinda una perspectiva que Miralda no iba nunca a imaginar de la “food culture”, la cultura de la escasez o “no food culture”, la visión de la comida que no se encuentra y que se ha convertido en nuestra obsesión y nuestro lujo, nuestro objeto de ostentación y casi nuestra única tarea. ¿Hay alguna otra obra en nuestra tradición artística que llegue a estos niveles de elaboración conceptual y pertinencia? Yo no la encuentro.

Marzo 2017