La belleza de lo animal descompuesto, de lo grotesco particular que nos muestra Nelson Garrido a través de su obra, se hace alegoría del tejido social. En la perspectiva de Alejandro Sebastiani Verlezza, Garrido “muestra sus sangrados y levitaciones porcinas, carne y vísceras derramadas por todas partes”.

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Tras mirar una y otra vez las imágenes de Nelson Garrido que componen el tercer fotolibro de La Cueva, ya con otros ojos, más apaciguados, menos reticentes, no he podido dejar de pensar en Carlos Contramaestre, integrante de esa conjura colectiva que fue El Techo de la Ballena. Pero no me refiero ahora a su poesía, ni a sus reflexiones sobre el arte, ni propiamente a su trabajo plástico. Me explico mejor: se me ha impuesto, es decir, se me ha montado sobre la retina, casi como un mandato, o una desazón, aquella fotografía de Contramaestre –en blanco y negro– de 1962: aparece muy reconcentrado sobre dos grandes trozos de carne, tubos venales, filamentos, lo que podría ser la cervical de una vaca enorme; a su alrededor, tal vez un charco de sangre, restos de pellejo macilento. En la escena, el carnicero artista está inclinado sobre sus “piezas”, dispuesto a las maniobras para su alabanza a la necrofilia. Y tal vez esta relación se me impuso porque, muy a su manera, Nelson Garrido es una suerte de cortador en la fotografía venezolana, uno de sus momentos más excesivos.

Casi como un dramaturgo, dispone y “monta” escenas infernales de la vida venezolana. Cada una de sus piezas habla de una “comedia”, más turbada que divina, convulsa y sitiada, el recordatorio de la inevitable degradación de la materia y la belleza que busca con empeño en sus fondos más tremebundos y viscerales (belleza, sí, porque al menos desde Vesalio y Velásquez los pellejos saltan al primer plano de la composición).

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Cuando veo la primera imagen de este fotolibro –“Homenaje a Apollinaire I”– pienso que las piezas aquellas de Contramestre, curadas, conservadas deliberadamente para ser exhibidas, han seguido ahí, no se han desmaterializado del todo, pero ahora “aparecen” de otra forma, porque Garrido las recuerda y las trae, como un fragmento perdido del pasado que ahora sigue hablando de todo lo descompuesto que supervive y se niega a salir del “cuerpo” del país. Y tal vez aquí, se me ocurre, esté el punto de partida para ver uno de los tantos momentos contenidos en su trabajo visual. Y en este caso la diferencia de este otro grotesco y alucinado contramaestro está en su método, su manera de fijar la imagen, el uso alterado de la caja oscura que escribe a partir de la luz, aliado a los guiños pictóricos que van y vienen, explayados, en una suerte de danza macabra, ritual y desmesurada (tras anotar lo anterior, no puedo dejar de preguntarme cómo sería su interpretación de Dante, qué pasaría si su mirada se detuviera a traducir en su grotesco particular el Infierno). Así, Garrido, en su primer fotolibro, organizado junto con Gala Garrido y Gerardo Zavarce, muestra sus sangrados y levitaciones porcinas, carne y vísceras derramadas por todas partes. Aquí, me digo, la mirada del que quiere dar con “otra” belleza, torcerle el cuello, no para oír sus alaridos, sino para ahorcarla –sacrificarla definitivamente– y hacerla surgir de su ruina más rebelde, más cuestionadora, menos censurada, más intranquila, con menos seguridades y hasta descreída de sus posibilidades redentoras.

Homenaje a Apollinaire IV, 1968. Nelson Garrido.

La belleza de lo animal descompuesto: las cucarachas desparramadas, clasificadas, como muestras de laboratorio; el hueso lavado, pulido; los perros pisados, desollados, mimetizados con la pátina del pavimento, el herrumbre, la materia en su tránsito hacia la disolución, vuelta náusea y paisaje puro, ¿no son alegoría y contrapuntean ferozmente con lo que en el tejido social y político está desmaterializándose, o mejor, entrando en su fase de mayor intensidad “tumoral” –para seguir en la clave de Contramaestre– y desgarrada? La gratuidad del rojo y la piel que corre por estas imágenes, desde el clítoris hasta el cordón umbilical, pasando por la puesta en escena del “sacrificio” que el artista hace de sí mismo, responde a una motivación que el mismo Zavarce –en el prólogo de esta antología visual– anota: “son imágenes ancladas en la contaminación, imágenes entendidas como profanación de sentidos, imágenes que actúan de la misma manera que la urdimbre de códigos abiertos que componen las estéticas populares, aquellas que se construyen y reinventan permanentemente en sus dinámicas múltiples, y que conforman las representaciones sociales propias del tiempo presente”.

El golpe que viene a ser un gesto ritual, de dimensiones eróticas y tanáticas, la crucifixión de la belleza hecha fiesta en la noche larga de la Caracas que no para de sangrar. El llamado de la mierda y el grito: me cago.

Miralda en La Carraca. 2006. Nelson Garrido.

Y el Miranda de Garrido, “Miralda” lo llama, mientras tanto, melancólico en su largo exilio, parece que espera el “instante decisivo” en su cama carcelaria. Esta otra conversación con Michelena, con sus deliberados aires pop, inmersos en la trama visual de consumo más solicitada por los venezolanos, recuerda una vez más otro de los tantos temas de conversación que el país tiene consigo mismo y ha diferido hasta el cansancio: el fracaso y sus no siempre cómodas enseñanzas, su brusco llamado a tocar tierra ante los proyectos demasiado grandilocuentes. En otras palabras: la posibilidad ridícula del héroe, su faceta desinflada y frágil, vuelta cuerpo y síntoma.

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Hasta aquí toda la relojería estaría más que completa, digo, dentro de las apuestas vanguardistas y sus métodos tradicionales (relectura, parodia y subversión del pasado, pasión vehemente por los manifiestos y las proclamas). Pero el asunto va más allá, cuando entra en la escena una materia tan descompuesta y recientísima como lo es toda la visualidad que ha generado el chavismo en sus casi dos décadas de intromisión y comandancia hasta en los asuntos más íntimos de los venezolanos. Si la Caracas sangrante es el paisaje existencial que rige –o inunda– el paisaje convulso que está contenido en este fotolibro, Garrido se empeña en recordar, una vez más, quienes han sido los ductores de la hemorragia social, económica, cultural y sobre todo humana, demasiado humana. Así se saca de la manga una serie que es una alegoría y una realidad demasiado insoportable, la del pensamiento único, masificado con el tremor imparable de las imprentas que día y noche lanzan al vacío de la reproducción el rostro que de manera impresentable –larga consigna cacareada al megáfono– quiere ser nada más y nada menos que la imagen misma del pueblo, el último de sus posibles, el espejo absoluto donde el país entero tiene que reflejarse y fundar su ética y su política.

Premonición fatal. 1999. Nelson Garrido.

Un muerto, para variar, un muerto cuyos dolientes se han empeñado en mantenerlo fresco, muy imitado y encofrado en un museo de lo más camp. Con una mano, la máscara que lo vuelve fijeza empuña la constitución que parió –ayudado con la alcahuetería leguleya– y con la otra alza la pistola con la que atentará contra sí mismo y todos los que lo siguen. Y es un “vencedor”, dice la franela que lleva puesta el partidario, ligera, propia para los meetings y demás formas que el Ego, cuando lleno está de puntos ciegos, ha inventado para sobarse incansablemente hasta su achicharramiento y no conforme se empeña en expandirse, calar en las escenas más íntimas, familiares, cerca de la nevera y los trastos. Aquí queda retratada la “familia”, una de sus más duras versiones, la familia armada, la familia conflictiva que en algún sentido viene a ser todo país; la familia vuelta partido y mafia, disecada en el sangrado desierto de las ideologías. Otra forma de la naturaleza muerta. O, para agregar la nota optimista, en inglés, lengua imperial a fin de cuentas, still life.

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Coda sobre el arte y su poder de contestación: me gustaría pensar en un hilo dentro de la historia de las imágenes, no sé si muy delgado, o bien grueso, donde Contramaestre, Garrido y tantos que ahora se me escapan puedan lanzar con sus interpelaciones el boceto para una crítica profunda de la situación venezolana, la del pasado, el presente y tal vez la de su inmediatísimo futuro; en esa posible discusión, que se augura descarnada, la fotografía y las artes seguro tendrán un papel importante. ¿Cómo leer el país a partir de sus imágenes? Desde la propaganda oficial, la publicidad, la prensa y los medios audiovisuales, por no hablar de los (¿sin?)sentidos imparables que desatan las redes sociales, se abre tal vez todo un campo de exploraciones para comprender qué fuerzas se agitan en la derivante nave de los locos.