La obra ensayística de José Balza alcanza cada más mayores profundidades, según nos revela Carlos Sandoval; a partir de aquella obra de 1969, “Narrativa: instrumental y observaciones”, Sandoval señala que Balza va presentando su estilo, que se forja desde la subjetividad pero acudiendo al andamiaje teórico del análisis literario y se pasea, con espíritu crítico, por diversas obras y autores. En adelante, “Balza tendrá claros sus territorios de expresión”

Definiciones

Cuando en 1965 José Balza irrumpe en el panorama de la narrativa venezolana con una obra madura y deslumbrante sorprende a todos, pues el rigor y la profundidad de la pieza, Marzo anterior, lucían más propios de un escritor entrado en años que de un joven que apenas superaba las dos décadas de existencia al momento de componer aquella primera novela. Casi de inmediato, en 1967, reafirma su necesidad fabuladora, al publicar el volumen de cuentos Ejercicios narrativos y, en 1968, su segundo trabajo novelesco, Largo.

Esta precocidad no era más que la cristalización de una práctica que había comenzado a los nueve años de edad: la escritura de extensos novelones nacidos como respuestas a lo aprendido en los libros que devoraba en fervientes sesiones a orillas del río Orinoco y que le sirvieron –los novelones– como adiestramiento para llegar al dominio de la técnica y la forma de Marzo anterior, y a la indagación sobre las potencias del género literario hasta ahora más relevante de la cultura occidental: la novela. Así, en 1969, Balza publica Narrativa: instrumental y observaciones, un pequeño tomo de incontestable trascendencia en su prolija y versátil obra.

En América Latina, pocos han sido los intentos por teorizar sobre las funciones o la esencia de la literatura (Alfonso Reyes, en El deslinde, de 1944; y los estudios narratológicos del chileno Félix Martínez Bonati, para citar dos casos); más frecuentes suelen ser los textos donde algunos autores detallan los fundamentos poéticos de sus cuerpos narrativos. En Venezuela, sin embargo, escasean ambas modalidades: el repentismo, la falta de profesionalización, la urgencia de los días, destruyen cualquier vestigio de sistematicidad. No obstante, en aquel trabajo de 1969 Balza inicia un recorrido conceptual que no se detendrá y que hoy constituye uno de los conjuntos reflexivos más sólidos del pensamiento literario del país. Y es que Narrativa: instrumental y observaciones combina la teoría, la crítica y el ensayo como terrenos propicios para la exploración de asuntos que, aunque puedan aparecer en el cuento o la novela requieren desarrollos y tesituras de otro tipo.

Así pues, en aquel nítido y breve libro, Balza expone tempranamente su poética narrativa utilizando para ello el recurso de analizar algunas estrategias de ciertos autores que modificaron el rumbo del género en Occidente: Joyce, Proust, Kafka, Robbe-Grillet, Faulkner, Dos Passos, entre otros. Nuevo asombro: a los treinta años las lecturas que refiere el escritor revelan a un hombre comprometido con el oficio, un sujeto que busca en los maestros del género los anclajes sobre los cuales fijar las bases para su propio despliegue como novelista. No se trata, debe advertirse, de un mero calco de técnicas y modos; por el contrario, Narrativa: instrumental y observaciones resulta la comprobación de quien sabe que el éxito literario solo se alcanza mediante una labor concienzuda sobre los materiales que galvanizan la sustancia y la forma: el lenguaje y su conversión en estructura narrativa. De los griegos a Kant y hasta la novela objetual, el libro muestra los nobles orígenes de un género a través de una mirada sensible y alerta que explicita métodos y proyecciones para su uso personal y al tiempo que lo hace devela la universalidad del sistema, es decir, su comprobada eficacia.

He dicho que el libro se mueve entre la teoría, la crítica y el ensayo, lo cual indica que en el cuarto título publicado por Balza (el primero distinto a la creación ficcional) deviene, asimismo, texto donde se decantan especificidades respecto de las maneras de abordar, desde la perspectiva analítica, digamos, la materia literaria; tanto más si recordamos la extensa bibliografía posterior del autor, un inventario que en los últimos años se ha visto incrementado con obras ostensiblemente ensayísticas. Aquí conviene recordar las diferencias entre las tres áreas de comprensión. La teoría, grosso modo, se conforma sobre la base de un cuerpo doctrinal de ideas que intenta definir la naturaleza y el sentido metafísico de la literatura o, como en el caso de Narrativa: instrumental y observaciones, de un género literario. Por su parte, la crítica se entiende como la disciplina que analiza de manera ordenada hipótesis de lecturas relativas a un aspecto determinado en una obra específica (un poema, un cuento, una novela) utilizando para ello los aportes teóricos de una o de varias de aquellas doctrinas. Finalmente, el ensayo constituye un género literario en el que el ensayista explora, desde su subjetividad reflexiva, cualquier motivo, tema o curiosidad del mundo, sin obligación de aparatajes teóricos-metodológicos. Quiero decir, la teoría y la crítica literarias son actividades cuyo objeto es producir un conocimiento sistemático sobre el tópico escogido como estudio, en tanto el ensayo es un modo de abordaje tentativo en el que destaca el uso de una expresividad particular (eso que antes llamábamos “vocación de estilo”), cuyo interés básico descansa en la formulación de sugerencias antes que de conclusiones sobre las cosas que tiene a bien dedicarse.

En síntesis, el ensayo forma parte de los géneros histórico-literarios; la teoría y la crítica, del campo de las disciplinas de análisis de la literatura.

¿Por qué es teórico el Balza de Narrativa: instrumental y observaciones? Porque al señalar que asentándose en el legado de algunas estrategias de los novelistas de principios de siglo XX es posible “construir novelas tomando como base experimental la idea de la multiplicidad psíquica del personaje” (1969, p. 27), demuestra luego este módulo conceptual en el desarrollo de su propia novelística: casi todas sus piezas mayores se fundamentan en el manejo de la estratagema; sus protagonistas son personajes que materializan la multiplicidad psíquica; conocemos todos los hechos y las acciones gracias al trasiego de la mente de un único sujeto representado.

¿Cuándo practica la crítica? Cuando desmenuza los mecanismos de funcionamiento de las piezas que utiliza como ejemplos para postular la teoría.

¿Dónde aparece el ensayo? En el despliegue y transcurso del trabajo, al momento de sugerir que Platón sería el primer novelista de Occidente, pongamos por caso, o que ya en las categorizaciones de Kant bulle la esencia de la novela como género. Y sobremanera, en la dicción, en la tersa prosa que nos convence por su tono y ritmo, por su belleza.

Me excuso por el tono pedagógico, pero cada tanto es bueno recordar estas delimitaciones, más aún porque en adelante (quiero decir, después de Narrativa instrumental) Balza tendrá claro sus territorios de expresión. Recuérdese, a este respecto, el libro Iniciales (1993), por ejemplo, donde la teoría literaria es la herramienta y, simultáneamente, el objeto de estudio; o, en el mismo ámbito, sus definiciones sobre los géneros cuento y novela, expuestas en varios libros (Este mar narrativo, 1987; El cuento venezolano, en especial, la quinta edición de 2013). Por lo que se refiere a la crítica, en muchos de sus compendios ensayísticos suelen aparecer notas críticas (una confusión no imputable al autor, sino a los editores ‒tema para otro momento‒) sobre los más variados títulos. Con todo, será en el ensayo donde la voz de José Balza alcance el timbre de un solvente y resuelto pensador.

Materializaciones

En los años sesenta ya se tenía a Balza como a uno de nuestros más respetados ensayistas; tanto, que Oscar Rodríguez Ortiz (1995) lo suma a lo que llama la “trinidad del ensayo venezolano” de aquella época, junto con Francisco Rivera y Guillermo Sucre. Su influjo era tan obvio que, señala Rodríguez Ortiz, Balza imponía lecturas, tendencias plásticas, músicos, filmes. Su pensamiento estético contaminaba casi todas las discusiones sobre el desenvolvimiento de la literatura y del arte nacionales. Cierto: Balza era (es) un intelectual inquieto que estaba al día (está) respecto de los movimientos estéticos contemporáneos y de sus posibles repercusiones en el país. Su actualidad la trasiega en las decenas de ensayos que integran varios volúmenes dedicados a la plástica, a la música académica y/o popular, a la poesía, a la historia literaria, a la narrativa, al propio ensayo. La agenda de sus intereses reflexivos no parece tener límites, aunque sí un objeto casi único: la cultura venezolana y su inserción en el contexto de la cultura latinoamericana; ambas, a su vez, partes de lo occidental mezclado con el mundo indígena y africano.

Esta incesante actividad de pensamiento se inicia de manera pública, ya se dijo, con el breve libro de 1969 y ha sido indetenible hasta hoy. Su talante ensayístico también impregna, de manera leve y sinuosa, muchas de sus novelas, sin desvirtuar el desenvolvimiento dramático de las acciones. En D (1998), por ejemplo, leemos este fragmento referido al lenguaje y que explica, según el narrador interno del texto, la ausencia de rigor en los materiales escritos producidos en el país: “no existe el acceso a lo abstracto: todo paso en este sentido, que pretenda asumirse a sí mismo lógicamente, deviene (…) incoherencia. El desenfado, la prisa, una apasionada manera de apoyarse en puntos desconociendo la totalidad, cortan el pensamiento (…), limitan” (p. 527). Pasajes como este ralean en sus piezas narrativas, pero el mismo autor suele atajar estos fraseos en autores que le sirven para impulsar sus reflexiones. Escribe acerca de Enrique Bernardo Núñez:

La palabra “pensamiento” atraviesa Cubagua como un soporte de diverso calibre. En algún momento se nos dice: “¿Ve usted esos ejemplares de cerámica? Son pensamientos plásticos”; y en otro: “… respondiendo a pensamientos íntimos descoloridos a fuerza de usarlos”. En general, si algo hacen los personajes de esta novela es inclinarse a pensar, aunque lo hagan “todo en confusión”.

Continúa Balza:

Cubagua fue escrita entre enero de 1929 (…) y julio de 1930 (…) Antes y después Enrique Bernardo Núñez (…) abordaría, lamentablemente solo en sus artículos de prensa, un tema que parece extraído de la novela, pero que constituye atracción incesante para su vida intelectual: el acto de pensar.

Así, había anotado: “(…) En Venezuela se pueden repetir palabras, dar gritos, hablar vagamente de nuestros grandes hombres. Cosas semejantes se pueden decir y se obtienen con ellas seguridad y fama. Pero pensar en el verdadero sentido de la palabra, nunca”. (“El nombre olvidado o las almas superpuestas”, 2001, pp. 163-164).

Como se ve, pensar resulta una preocupación, al menos como tema, en la obra de Balza. Sus ensayos no son más que un intento por refutar aquella lapidaria postura de Núñez (que el ríspido Enrique Bernardo luego atenúa). Entro entonces, sin solución de continuidad, a lo que motivan estas líneas: los ensayos de José Balza como terreno de exploración de algunas realidades venezolanas, pero sobre todo de inspección de los entresijos de las realizaciones estéticas de quienes asumieron el arte como cifra de vida. Dada la vastedad del corpus me detendré solo en mínimos ejemplos relativos a sus reflexiones literarias.

¿Qué nos dicen, de qué hablan los ensayos literarios de José Balza?

Entendiendo que cuando un ensayista toma como objeto para su escritura la obra de un autor en quien reconoce valores afines, podemos asegurar que en el programa estético de Balza las figuras de José Antonio Ramos, Julio Garmendia, Jesús Semprúm ‒cito tres emblemas‒, constituyen casos tutelares. Tomo la licencia del ensayo “Lecturas en dos novelistas”, texto donde Balza se sumerge en la biblioteca mental −escrita− de Teresa de La Parra y Guillermo Meneses, otros dos emblemas, para indagar en sus gustos lectores y en las consecuencias que ello produjo en sus respectivas prosas.

A Ramos Sucre, Balza ha dedicado varios ensayos y hasta un cuento (“La máscara feliz”). En el trabajo “Ramos Sucre en Columbia”, nos revela cómo introdujo en aquella universidad norteamericana la obra del escritor cumanés. Utiliza sus solventes recursos de narrador y crea la imagen de un José Antonio que asiste a la conferencia, silencioso y distante, para crear la tensión ensayística que atenúa la perplejidad que causa saber que en la biblioteca de aquel centro de estudios reposan las obras del autor, desconocidas por los colegas profesores de las cátedras latinoamericanas. Aquí Balza no juzga, solo refiere el hecho, pero logra hacernos reflexionar sobre lo paradójico del asunto.

La estrategia de acudir a las artes fictivas es una condición natural en sus ensayos. También, la incidencia de pormenores biográficos de los autores cuyas piezas comenta para, finalmente, obligarnos a pensar sobre un aspecto de esa obra y su ubicación en la tradición literaria del país. Es el caso de los textos que ha dedicado a Jesús Semprúm. El crítico marabino se convirtió en árbitro de la literatura venezolana de las primeras tres décadas del siglo XX. No obstante, Balza deja claro que Semprúm nunca produjo un trabajo orgánico; antes bien, se dispersó en notas críticas de prensa y en cierta molicie burocrática, un cáncer social que suele truncar vocaciones, como ya lo había señalado Luis Correa en el albor del segundo milenio. Sin embargo, la carrera de crítico de Semprúm, como reconoce Balza, es una de las más fulgurantes en la disminuida Venezuela que le tocó en suerte.

Los ensayos de Balza tienen, así, un sentido de reivindicación histórica pero con base en aspectos estéticos no políticos o idiosincrásicos. Qué duda cabe de que el lugar que ocupa la obra de Guillermo Meneses en el canon de nuestra narrativa se lo debemos a la labor ensayística, entre otros, de José Balza, quien desde los años sesenta se convirtió en uno de sus principales promotores. Lo mismo podría argüirse en relación con Julio Garmendia y, más recientemente, con Teresa de La Parra. A Garmendia lo resituó en el proceso de la narrativa no solo venezolana, sino de América. En de La Parra reconoce los adelantos técnicos e intelectuales de una novelista excepcional.

Habría mucho que decir sobre los procedimientos composicionales y sobre las proyecciones (culturales, estéticas) de los ensayos literarios de José Balza, y del notable influjo de esas labores en importantes escritores de los últimos cuarenta años; sin embargo, desde la publicación de sus aforismos y del libro Pensar a Venezuela (2008), la dimensión ensayística de Balza alcanza cotas de reflexión y profundidad mayores. Ya no es solo la literatura, sino otras correspondencias culturales las que nos hacen ser un conglomerado socialmente lábil, mientras algunos creadores reclaman, desde sus esculturas, cuadros y textos, desde sus partituras y puestas en escenas, y a veces desde el pasado, la urgente rectificación o el simple conocimiento de lo que nos hace nación.

La carrera del Balza ensayista arriba, entonces, a un grado de comprensión del país que espera más lectores atentos que sepan entender que el pensamiento es lo único que nos salva como hombres, no la mera información ni el dato puntual: la reflexión ensayada en textos luminosos.


Referencias
Balza, J. (1965). Marzo anterior. Tucupita: Club de Leones de Tucupita.
Balza, J. (1967). Ejercicios narrativos. Cumaná: Universidad de Oriente.
Balza, J. (1968). Largo. Caracas: Monte Ávila.
Balza, J. (1969). Narrativa instrumental y observaciones. Caracas: Ediciones de la Biblioteca, Universidad Central de Venezuela.
Balza, J. (1987). Este mar narrativo. México: Fondo de Cultura Económica.
Balza, J. (1993). Iniciales. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.
Balza, J. (1998). “D”. En Obras selectas (pp. 299-565). Caracas: Fondo Editorial de Humanidades / Comisión de Estudios de Postgrado, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela.
Balza, J. (2001). “El nombre olvidado o las almas superpuestas”. En Obras selectas (pp. 163-172). Caracas: Fondo Editorial de Humanidades / Comisión de Estudios de Postgrado, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela.
Balza, J. (2001). “Lecturas en dos novelistas”. En Obras selectas (pp. 297-317). Caracas: Fondo Editorial de Humanidades / Comisión de Estudios de Postgrado, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela.
Balza, J. (2001). “Ramos Sucre en Columbia”. En Obras selectas (pp. 119-124). Caracas: Fondo Editorial de Humanidades / Comisión de Estudios de Postgrado, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela.
Balza, J. (2004). “La máscara feliz”. En La mujer de espaldas y otros relatos (pp. 1-12). Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.
Balza, J. (2005). Observaciones y aforismos. Caracas: Fundación Polar.
Balza, J. (2008). Pensar a Venezuela. Caracas: bid & co. editor.
Balza, J. (2013). El cuento venezolano. 5ª. ed. Caracas: Ediciones de la Biblioteca, Universidad Central de Venezuela.
Martínez Bonati, F. (1960). La estructura de la obra literaria. (Una investigación de filosofía del lenguaje y estética). Santiago de Chile: Editorial Universitaria.
Reyes, A. (1944). El deslinde: prolegómenos a la teoría literaria. México: Colegio de México.
Rodríguez Ortiz, O. (1995). “Balza, el serio”. En Hacer tiempos (pp. 15-21). Caracas: Fundarte.