Más allá de las simplificaciones y los maniqueísmos de quienes manosean la historia para su propio beneficio, Elías Pino Iturrieta nos invita a considerar las complejas tramas sociales, donde se revelan desigualdades, diferenciaciones, vanidades y simulaciones entre quienes se sitúan en el mundo de los desposeídos, en tiempos coloniales, como prefiguración de la actual complejidad

Durante la Colonia se establece una urdimbre de diferencias entre los miembros de la sociedad, que no se entiende cuando nos conformamos con dividirlos en ricos y pobres,  en poderosos y menesterosos, en blancos acomodados y morenos de baja estofa. La cuestión es más complicada, llena de matices a los cuales no acomoda el uniforme de las simplificaciones. De seguidas se verán unas situaciones que permiten apreciar el rompecabezas de las disparidades entre miembros de los estratos más bajos de la población a quienes, para facilitar las cosas, se ha considerado en el futuro como partes de un solo sector explotado por los propietarios criollos y unidos por la necesidad de librarse de ellos.

Así como los aristócratas se empeñan entonces en presentarse como figuras del estamento primacial, es decir, como encarnación de un pináculo en el cual se ejerce la tutela de la colectividad en términos exclusivos, y del cual manan honores o ventajas que solo a ellos corresponden, en el seno de las clases bajas se fomentan unas situaciones de prepotencia frente a sus semejantes, y aun de profundo menosprecio, a través de las cuales se observan los abismos que ellos mismos cavan para distanciarse y odiarse. Los casos que ahora se presentarán invitan a una reflexión  en torno a la tonta idea de que pudo existir un bloque compacto de los desposeídos frente a la explotación llevada a cabo por los mantuanos en comandita con las autoridades españolas.

Un pleito de borrachos

Solo Felipe Rodríguez,  capitán del batallón de blancos,  se preocupa por una trifulca de parroquianos que sucede en una guarapería de Turmero, el 17 de julio de 1800. Redacta una representación ante el Justicia Mayor, porque siente que ha topado con una vicisitud que merece atención de la autoridad civil. Llega a considerar que hasta la influencia  del monarca ha movido lo que parece a simple vista un altercado  de poca monta.

¿Qué sucede entonces en un expendio pueblerino en el cual jamás pasó nada relevante de veras? El moreno Sabino Brito, miliciano de oficio, se pasó de copas y arremetió contra cinco indios tributarios que querían comprar una jarra de guarapo. Un par de sus amigos, también morenos, lo acompañó en la protesta e hizo que los inesperados compradores escaparan sin ofrecer resistencia; pero los vecinos se turbaron debido a que la alharaca ocurrió a las nueve de la noche, tiempo de silencio y recogimiento.

De acuerdo con la representación del capitán Rodríguez, el moreno Sabino Brito dijo que no estaba dispuesto a compartir su esparcimiento con personas de inferior calidad, porque pronto dejaría de ser pardo y merecía una atención más exclusiva en la guarapería. Estaba a punto de “sacar la gracia”. Por consiguiente, de acuerdo con lo que podían testimoniar varias personas, agregó que el rey le permitía un trato particular en el establecimiento, sin la compañía de los indígenas. Escribió el alarmado oficial:

Pudo existir el resorte del guarapo, pero sin olvidar las malas ideas que hasta el rey viene animando para nuestro cuidado.

El denunciante se preocupa por las indeseables ínfulas de un sujeto de mala muerte que concibe la idea de asemejarse a los blancos mediante la compra de una merced a través de la Cédula de Gracias al Sacar, expedida por la Corona en 1795 y a través de la cual, mediante el pago de importantes sumas de dinero, podían los pardos intentar cierto parangón con los blancos, por lo menos en el área de algunos tratamientos ante  la colectividad. Sabino Brito sería don Sabino al “sacar la gracia”, pretensión que el capitán Rodríguez sentía como una temeridad patrocinada por el rey.

Pero ahora no interesa la reacción de un oficial del batallón de blancos, sino el deprecio del pardo por unos indios tributarios. No son iguales a él, no solo porque ahorró unas monedas para pasar por representante de otra raza y de otra clase, sino también porque seguramente antes se consideraba superior a ellos. Por lo menos hablaba el idioma del conquistador con cierta corrección, o imitaba las maneras de los señorones. El Justicia Mayor de Turmero no encontró méritos en la denuncia, pues se conformó con multar al propietario de la guarapería por vender licor a deshora. Nosotros, en cambio, observamos otros pormenores desde lejos.

Unos testigos descalificados

También los apreciamos en un suceso anterior, esto es, en otra demostración de menosprecio entre la gente pobre del período colonial. Estamos ahora en 1791, cuando la mulata María Teresa Churión subestima a los testigos de su contrincante, el también mulato Matías Bolcán, a quien demandó ante el tribunal eclesiástico por incumplir promesa de matrimonio. Para librarse de la acusación, Bolcán pide que comparezcan María Antonia Alcalá, Juana Felipa Granado y el indio Ildefonso Sicamoto, arriero vendedor de maíz, quienes están dispuestos a demostrar la mala conducta de la mujer que ha molestado al juez en un litigio sin fundamento.

Para malponer a los testigos de quien ahora se escurre de los esponsales, la Churión pide ante el fiscal de la curia que él declare, frente a la imagen del crucificado:

Lo primero: Si conoce a María Antonia Alcalá, que en la declaración que ha dado por él se dice mestiza vecina de esta ciudad: diga y exprese dónde vive, de qué se mantiene y cómo tubo noticia para declarar sobre mi conducta. Lo segundo: Si conoce a Ildefonso Sicamoto que en la declaración se dice vecino del Pueblo del Valle y residente en esta ciudad: exprese dónde vive, de qué se mantiene, de qué calidad es ese Sicamoto y cómo tuvo noticia que podía declarar en este asunto. Lo tercero: cómo es cierto que Juana Felipa Granado es una mujer pobrísima que anda por las calles con chancletas, un fustán teñido de negro, un sombrero de palma viejo y toda sucia y rompida, regularmente pidiendo limosna a uno u otro conocido.

La orientación del interrogatorio plantea como un despropósito el que la palabra de María Teresa Churión sea controvertida por unos testigos que no son confiables como ella, que vive y trabaja de sol a sol en su domicilio. ¿Acaso es digna de atención esa tal María Antonia Alcalá, de cuyos empleo y habitación no aparecen noticias precisas? ¿Se debe confiar en un indio sin señas conocidas, que es marchante de maíz? ¿Puede alguien tomar en serio el testimonio de una pordiosera que trota por las calles con unos ropajes estrambóticos? No se podrá negar que en este minúsculo proceso de plebeyos toman cuerpo, sin ocultamiento, las diferencias que impiden el reconocimiento de sus protagonistas como partes de un pedazo de la sociedad caracterizado por la fraternidad y la solidaridad de quienes la forman.

Ahora solo se presentan dos casos sobre las diferencias que se pueden advertir entre miembros de las clases humildes en el período colonial. Los colegas Rafael Strauss, Inés Quintero, Pedro Calzadilla y Luis Felipe Pellicer también los han tratado en sus investigaciones (Por ejemplo, en Quimeras de amor, honor y pecado en el siglo XVIII venezolano, Caracas, Planeta, 1994). De lo cual se desprende la necesidad de dejarse de simplezas a la hora de comprender la conducta de unos antepasados a quienes habitualmente se considera, en medio de lamentaciones, como el rebaño de los corderos de un antiguo matadero.