La crónica de la entrega del Premio de Novela Rómulo Gallegos 1995 es la oportunidad que aprovecha la autora para poner a Venezuela en la mirada del “otro” –en este caso representado por el escritor español Javier Marías–; una Venezuela donde ocurría la cultura, la inteligencia, la música del extraordinario pianista que fue Carlos Duarte, en fin, una Venezuela que se fue perdiendo en las estrechas veredas del pensamiento único y que será posible reconstruir a partir de “lo que pudo y puede ser”

Cuando conocí a Carlos Duarte, Venezuela aún tenía mucho que decirle al mundo. Era el año 1995, y había una civilización que proclamaba su presencia, aunque no imaginaba que enfermaría de odio y moriría a los pocos años, ahogada en los pantanos de la lucha fratricida, allí donde el alma no encuentra cimientos sólidos para erigirse y mantenerse en pie.

También Carlos Duarte murió algunos años después, en 2003, apenas con 46 años y con tanto entre sus manos, literalmente. Él amaba aquella Venezuela y la exponía en sus obras, en sus tertulias, cada vez que se sentaba al piano o fumaba un cigarrillo en compañía de quienes encontrábamos gusto dejando que los demás también pensaran. Con Carlos se compartía el placer de pensar y ese es uno de los mejores recuerdos que tengo de él; aunque lo conocí poco, la intensidad del momento bien merece una crónica, sobre todo porque compartimos bastantes cigarrillos en aquellos intrincados recovecos que daban hacia los camerinos de la Sala Rómulo Gallegos, lugar donde se realizaba una significativa escena cultural del país que dejó de ser.

En 1995, el Premio de Novela Rómulo Gallegos lucía esplendoroso por todos lados; era el más importante de América Latina, había premiado –desde 1967, año de su creación– a las más brillantes luminarias de nuestro firmamento literario, encabezadas por Mario Vargas Llosa, en su primera edición; además, congregaba en las salas y el hall de la Casa de Rómulo Gallegos a personajes como salidos del sueño de los bibliotecarios de Alejandría. Estos personajes, más que miembros del jurado –que también lo eran– venían a dejarse ver donde había que hacerlo: en el país dorado del continente, cuya capital tenía la mejor luz del mundo, según lo afirmó Arturo Uslar Pietri, después de recorrer tantas capitales como le alcanzaban los cuatro veces veinte años que desde hacía rato ostentaba (no desesperen por lo atravesada que luce esta referencia, pues este personaje vuelve a aparecer en otro momento de la crónica).

Así, en el año de 1995 se apersonaron en la Casa Rómulo Gallegos Luis Goytisolo (España), Mempo Giardinelli (Argentina), Elena Poniatowska (México), Julio Ortega (Perú) y Antonio López Ortega (Venezuela), en calidad de miembros del jurado. Tuvieron en sus manos lo más granado de la producción literaria en lengua castellana de ese bienio; Adolfo Bioy Casares, Álvaro Mutis, Augusto Roa Bastos, Alfredo Bryce Echenique eran nombres que rutilaban en la marquesina para ese año. Entre sesiones, los miembros del jurado se tomaban un café con nosotros, daban charlas a los muchos allegados que por esos días tenía la literatura en Venezuela, pero no soltaban prenda acerca de sus preferencias, porque en la Venezuela de los años 90 del pasado siglo la literatura era cosa seria, como lo eran el Celarg, Rómulo Gallegos, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y otras muchas creaciones y expresiones de la democracia, incluida ella misma.

Quienes hacíamos equipo con Elías Pino Iturrieta en el Celarg pasábamos unos días de tensión y entusiasmo, elaborando documentos para dejar registro de que todo aquello de verdad estaba sucediendo: con calma y sin aspavientos, un grupo había ido disgregando la montaña de libros que ese año habían mandado las editoriales, para anotar una por una las obras participantes con una breve reseña crítica. Este trabajo dio origen a una publicación que quién sabe dónde andará, como tampoco se sabe qué fue de la vida de los trabajos publicados y de aquellos que quedaron sin publicar en las gavetas de la dirección de investigaciones, porque no dio tiempo de hacerlo antes de que entraran los elefantes a romper los cristales.

Finalmente, el jurado reunió a todos los que andábamos por ahí, incluidos los periodistas, para hacer público el veredicto, adoptado por unanimidad. La escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska dijo que el debate había sido “intenso y estupendo, una deliberación apasionada”. Gran sorpresa, novedad, primera vez en la historia del premio, etc.: un escritor español, Javier Marías, había salido triunfante en la contienda, con su libro Mañana en la batalla piensa en mí. ¿Y quién era este Javier Marías? Hijo de Julián Marías. Ah, sí, a ese Julián sí lo habíamos oído nombrar, pero más que nombrar, Julián Marías resultó que había estado en el club del mutuo aprecio con el presidente de la República, Rafael Caldera. Entonces el mencionado escritor tenía pedigrí.

A partir de allí, los acontecimientos se desencadenaron. Tanto como él para nosotros, así nosotros éramos unos desconocidos para Javier Marías. Él tampoco había oído hablar del Premio Rómulo Gallegos, ni siquiera sabía que estaba concursando porque su editorial no se lo había informado, de casualidad había leído algo sobre Venezuela –pues en esa época no había genocidio, ni se morían los niños de desnutrición, ni se apuntaban las bombas lacrimógenas al pecho de los muchachos; no, las noticias sobre Venezuela eran escasas (y quizás hasta aburridas) en la prensa internacional–; y lo peor, a la velocidad del rayo tenía que agarrar un avión y venir a recoger su premio, pues ya los preparativos estaban en marcha para aclamarlo aquí, donde nadie lo conocía y él no conocía a nadie.

Y cuando de preparativos se trataba, en Venezuela no se escatimaba para agasajar a un escritor, y que después no fuera a decir que aquí no se apreciaba la literatura. El presidente de la República entregaba el premio en persona, así que tanto el veredicto como el libro le fueron remitidos al presidente Caldera, quien, en un lapso no mayor de cuatro días, debía elaborar su discurso. La Casa Militar tomó las instalaciones del Celarg y los asuntos de atención urgente se sucedían vertiginosamente; en algún momento el tema fue la silla en la que se sentaría el presidente, pues esta tenía que ser elegante sin exagerar, digna sin petrificar. Al fin se escogió una silla del mismísimo Rómulo Gallegos, que estaba en el museo, y todos contentos.

Carlos Duarte, en ilustración de Raymond Torres, 1989.

Por si fuera poco, el acto de entrega del premio cerraría, nada más y nada menos, que con una presentación de Carlos Duarte, quien interpretaría cuatro piezas al piano. Javier Marías no lo sabía, pero ese día él conocería lo que en Venezuela significaba “la gloria”. Unos meses antes, Carlos Duarte se había presentado en el Celarg, traído de la mano por su amigo Jaime Bello-León, quien, en ese momento, era el coordinador de comunicaciones de la institución. Cuando Jaime propuso a Carlos para el magno evento, todos celebramos alborozados la idea. El propio Carlos se entusiasmó pues, según me había dicho, a él le gustaban tanto la acústica de esas salas como el piano que allí se encontraba bajo resguardo, propiedad del Centro Venezolano Americano.

Este piano era uno de los objetos consentidos de aquel Celarg republicano y democrático. Cada tanto venía un técnico hiperespecializado a limpiarlo, pulirlo, afinarlo, mimarlo. Y con la misma frecuencia se recibían llamadas del CVA preguntando que cómo estaba el piano, que si le habíamos hecho cariños o lo teníamos arrumado en el cuarto de los trastes. Estas llamadas no dejaban de tener un cierto tono amenazante; incluso, creo que de hecho en alguna oportunidad amenazaron con llevarse el piano, pero no lo afirmo con certeza porque tengo mala memoria para lo malo. Pero sí es seguro que para Carlos Duarte estaba muy pulido y recién afinado. Y ahora que recuerdo el piano, me pregunto qué será de la vida de ese valioso instrumento después de todos estos años sin Carlos Duarte, sin ética de lo público, sin que nadie se haya molestado por los valores que quedaron a merced de tantos depredadores de oficio. Sería bueno imaginar que el piano fue resguardado por la bondad de un venezolano con familia y en algún rincón espera su momento de renacer, en las manos de un talentoso heredero de Carlos Duarte, de los muchos que aún permanecen en Venezuela.

Casi todo estaba listo aquel 2 de agosto de 1995, para festejar un nuevo aniversario del nacimiento de Rómulo Gallegos, entregándole un premio con su nombre a un escritor español. Casi todo, porque había un detalle que, no por previsto, tendría solución: el problema del techo de la Casa Rómulo Gallegos, a estas alturas, ya se había convertido en un colador justo encima de la sala de teatro, y es que el bajo presupuesto asignado a la institución a duras penas alcanzaba para los programas, y tan solo quedaba arreglar las goteras con saliva de loro y rogar a San Isidro que quitara el agua. Dos días antes del festejo la sala se había inundado, y todos los técnicos, guías y personal de mantenimiento habían dedicado horas de trabajos forzados desaguando y secando alfombras y butacas. El sitio había quedado más o menos parapeteado, pero a las cinco de la tarde del día de Gallegos, densos nubarrones nos pusieron el alma en vilo.

En defensa de los jefes, del Conac, de Teodoro Petkoff, del país y de la democracia de partidos, con adecos y copeyanos de por medio, es preciso aclarar que el barril de petróleo estaba a ocho dólares; había programas sociales como los hogares de cuidado diario, la beca escolar, el vaso de leche escolar, la construcción de viviendas populares, que absorbían buena parte de esos recursos, y no era cuestión de andar malbaratando los reales en arreglos de techos. Luego Chávez, con sus ciento treinta dólares por barril, seguro mandó a reparar esas goteras, pero no vale, porque ya no había país para disfrutarlo.

Jaime Bello-León había ido a buscar al escritor Javier Marías al aeropuerto; menos mal, porque eso le dio a Marías un indicio de que todo fluiría de acuerdo con las normas de la cordialidad y la decencia, lo cual no era poca cosa en aquellas condiciones de extrañeza que habían caracterizado los hechos. Sin embargo, a las seis de la tarde, cuando el evento estaba por comenzar, se desató un palo de agua que, literalmente, inundó nuestras cabezas. Los trabajadores del Celarg, unidos en el propósito de hacer quedar bien a la institución y a la patria, discretamente habíamos colocado tobitos y poncheras dentro de la sala, en aquellos sitios donde las goteras eran más evidentes, para evitar pozos en las alfombras. Pero todo fue inútil. Cuando la gente estaba entrando a la sala, había gotas cayendo del techo desde múltiples sitios; quienes estábamos sentados hacia la parte trasera podíamos ver el espectáculo de miles de gotas y oír el chapoteo de las pisadas en la alfombra. Unas gotas cayeron sobre Sofía Ímber cuando se detuvo a saludar y un sudor frío me recorrió la espalda; pero cuando dos gotas seguidas cayeron en la cabeza de Arturo Uslar Pietri, me relajé: ya no había nada qué hacer, el agua se había adueñado de la sala y no había forma de luchar contra la naturaleza y hacer que nos obedeciera, además de lo pavoso que resulta semejante disparate.

Sin embargo, ni las goteras ni el chapoteo pudieron opacar el brillo de un presidente de la República analizando el libro ganador –que no era propiamente un folletín ni un libro de bolsillo‒ capítulo por capítulo, con una lucidez que dejó perplejo a Javier Marías, según sus propios comentarios; ese día, Caldera estuvo a la altura de las más encumbradas cúspides académicas del planeta y nosotros, orgullosos de la tradición, con goteras incluidas.

Luego de los discursos, de la entrega del diploma y del cheque de 100.000 dólares al laureado escritor, todos experimentamos la elevación cuando Carlos Duarte se sentó al piano y dejó caer las notas entre las goteras. Jamás ha sido tan gloriosa la Danza negra de Oscar Fernández como aquella noche y, aunque los chavistas que ya asomaban dedicaron esfuerzos para oscurecer, nada pudo empañar la belleza que se abrió paso, “como una flor de Venezuela”, en las teclas pulsadas por el maravilloso compositor e intérprete que fue Carlos Duarte. Él mismo lo supo porque lucía radiante cuando lo comentamos mientras se fumaba un cigarrillo en el camerino, antes de salir a recibir los elogios y las palmadas de quienes lo esperaban en el hall de los teatros.

Carlos Duarte habría cumplido 60 años el 1° de junio de los corrientes, y nadie en las altas esferas del gobierno, ni siquiera en las altas esferas de la música oficial, puede entender la importancia de esta efeméride ahora, cuando los gendarmes del régimen están ocupados matando muchachos en las calles y la edición 2017 del Premio de Novela Rómulo Gallegos ha sido suspendida porque el gendarme  de la cultura no le otorgó presupuesto.

Como aquí las cosas buenas y malas tienen fondo musical –pero hay momentos de la música tan tristes que qué sé yo, que ni siquiera se pueden recordar–, cuando se disipen las sombras y se restaure la gracia todo se hará al ritmo de Mara y del Rap de la ciega, con una que otra lluvia desprendiéndose del techo en el que todos estamos colgados, para que Javier Marías lo incorpore “al cúmulo interminable de lo que a la vez no sucede y sucede, o lo que es lo mismo, de lo que pudo y puede ser”.

Caracas, junio de 2017