A propósito de la incorporación de fray Cesáreo de Armellada a la Academia Venezolana de la Lengua, Horacio Biord Castillo resalta la importancia que este insigne académico otorga a los idiomas y las culturas indígenas, así como al trabajo de misioneros, indigenistas, antropólogos y lingüistas para aportar visibilidad y dibujar las “alas indias del continente”

Palacio de las Academias, Caracas

El 15 de julio de 1978, fray Cesáreo de Amellada se incorporó a la Academia Venezolana de la Lengua para ocupar el sillón letra D, vacante por fallecimiento de su inmediato antecesor, don Eduardo Arroyo Lameda. Fray Cesáreo ya era, desde el 28 de octubre de 1963, miembro correspondiente de la corporación por el estado Bolívar, dados sus nexos profundos con el pueblo pemón, su lengua, su literatura, su cultura y su historia.

Al examinar con franciscana humildad los méritos propios que habían llevado a sus colegas a elegirlo como numerario, dijo:

“no veo otra razón que justifique mi nombramiento, sino los muchos años dedicados al estudio, al alumbramiento y a la divulgación de las Lenguas Indígenas Venezolanas y, posteriormente, al mediano conocimiento que algunos de nosotros [se refiere a los misioneros] hemos adquirido de algunas de ellas y al interés que hemos sabido despertar dentro y fuera del país por estas lenguas y su literatura como afluentes de la cultura nacional” ([p. 323]).

No podía menos, como él mismo lo expresó, que dedicar su trabajo de incorporación a las lenguas indígenas. Al respecto, asienta que “al pensar sobre el posible tema para mi discurso de incorporación, inmediatamente se me presentó como obligatorio e ineludible disertar sobre las relaciones de las Lenguas Indígenas Venezolanas y el Castellano y su mutuo enriquecimiento durante los casi 500 años que llevan de contacto” (pp. [323]-324).

Añadió, entonces, que

“es evidente que las lenguas (en nuestro caso, las aborígenes y el advenedizo castellano) tienen un valor primordial en sí mismas, por ser el máximo instrumento intelectual de los grupos humanos que las usan, el más completo inventario de su cultura y la mejor imagen de su vida material y espiritual […#] Pero también es evidente que no sería este el lugar ni esta la ocasión más oportuna para hablar de las lenguas indígenas venezolanas en ese aspecto primordial y fundamental, sino en aquel otro, antes enunciado de influyentes en el castellano y de influenciadas por él” (p. 324).

El trabajo de incorporación del padre Armellada constituye un ensayo histórico que desborda los límites de las relaciones entre las lenguas indígenas y el español o castellano. Entre otros méritos, repasa diversos momentos que reflejan tanto las políticas lingüísticas del Estado español en las Indias y más tarde las de la República de Venezuela, como los imaginarios sociales sobre los idiomas amerindios. Delimita esos momentos mediante etapas diferenciadas en el tratamiento de las lenguas indígenas y su representación colonial y luego republicana:

1) el contacto inicial (“Las lenguas en el descubrimiento y la exploración de América”, pp. 329-336), cuando se hacen evidentes las diferencias lingüísticas entre las sociedades europeas y las americanas, así como la inutilidad de los intérpretes de lenguas indoeuropeas como semíticas (latín, griego, hebrero, árabe) que acompañaban a Colón y ocurren, además, los primeros préstamos lingüísticos, que en el caso del castellano refuerzan su condición de lengua imperial, ya como español, al enriquecerlo con numerosos indigenismos de uso general;

2) la fase de la evangelización y la inserción colonial (“Las lenguas en el área y en la etapa de los colonos y doctrineros”, pp. 336-348), cuando el uso de las lenguas indígenas implica ya no solo retos prácticos de comunicación entre los actores coloniales sino que se convierten en objeto de disquisiciones filosófico-políticas y de normas administrativas en la España imperial;

3) las misiones antiguas (“Las lenguas en el tiempo y las zonas misionales”, pp. 349-356), que es la época cuando se hacen los mayores esfuerzos antiguos para el estudio de los idiomas y sus usos litúrgicos posteriores, así como las primeras clasificaciones lingüísticas, como las propuestas por los jesuitas José Gumilla y Felipe Salvador Gilij para las lenguas orinoquenses;

4) la situación de las lenguas indígenas en el siglo XIX y las primeras décadas del XX (“El mismo tema lingüístico en el siglo XIX”, pp. 356-359), período que aún constituye uno de los menos estudiados en cuanto a la etnografía y la lingüística indígena a pesar de su enorme importancia para entender no solo la situación de los pueblos indígenas en la actualidad sino la propia conformación de la sociedad venezolana; y

5) las misiones modernas (“A partir de la restauración de las misiones el año 1924”, pp. 359-369), cuando progresivamente la orden capuchina y la congregación salesiana se hacen cargo de los vicariatos apostólicos del Caroní, Machiques y Tucupita, la primera, y de Puerto Ayacucho, la segunda, al principio con ideas y presupuestos integracionistas ya totalmente superados.

Fray Cesáreo concluye su ensayo con estas palabras:

“El Castellano seguirá dando a los Pueblos Indígenas venezolanos palabras y alas de nuestra cultura; pero también los Pueblos Indígenas Venezolanos seguirán dando a quienes hablan y escriben castellano palabras y alas de su cultura ancestral” (p. 370).

Las consideraciones esbozadas por el padre Armellada en este trabajo, escrito hace casi 40 años, mantienen en gran parte su actualidad y validez. Poco tiempo después de presentado a los académicos, fue decretada en 1979 la educación intercultural bilingüe como modalidad educativa para los pueblos y comunidades indígenas. De allí en adelante, casi como un hito en el largo proceso de vindicación de sus derechos, los pueblos indígenas han ido ganando visibilidad, aprecio y un desarrollo legislativo aún inconcluso que los ampara de manera más amplia. Sobre esto último, la Constitución de 1999 y las leyes derivadas de ella en materia indigenista constituyen la mejor expresión, aunque como suele ocurrir, discurso (incluido el jurídico) y praxis no siempre vayan de la mano.

Entre muchas otras, dos ideas del discurso de fray Cesáreo en su incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua merecen ser enfatizadas. La primera de ella es la contribución sostenida de diversas personas (misioneros, indigenistas, antropólogos y lingüistas) a la visibilidad y valoración de los pueblos indígenas, apoyando el creciente papel protagónico de los propios indígenas. Los estudios académicos y aplicados contribuyeron en gran y significativa medida a ello. Por tal razón, el padre Armellada hablaba inicialmente de “estudio”, “alumbramiento” y “divulgación”. Las tres actividades se dan la mano, pues para comprender hay que analizar y para que la comprensión tenga frutos sociales, más allá del ámbito académico, debe ser adecuadamente divulgada, que no solo comunicada técnicamente a los pares científicos.

La otra idea es la expuesta de manera poética en el cierre de su ensayo, la contribución de los pueblos indígenas, abierta en el tiempo y el universo de los significados sociales y simbólicos (esto es, culturales en su más amplia acepción), a la construcción de identidades y entramados culturales más amplios, como serían los de cada región y cada país latinoamericanos y los del subcontinente o macrorregión en su totalidad.

Un continente con alas indias para elevarse a lo sublime y no, como piensan algunos, meros pies de barro para aludir con ello a deméritos y falta de aportes sustantivos por parte de los indígenas, herencia y presencia que nos enriquece.


N.B.: Los números entre paréntesis refieren al ensayo “Las lenguas indígenas venezolanas y el castellano (Sus relaciones y mutuo enriquecimiento durante 500 años)” de fray Cesáreo de Armellada, publicado en la colección de Discursos académicos. Tomo VI: 1971-1978. Caracas, Academia Venezolana Correspondiente de la Real Española, 1983 (edición, notas bio-bibliográficas e índices de Horacio Jorge Becco).

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