“Escribir es cubrir. Pulpo de ensayos”, de Octavio Armand, recoge “reflexiones tentaculares, disyuntivas y delirantes”, donde cada tentáculo nos muestra un intento de autorretrato de “él sin él”, según lo revela Alejandro Sebastiani Verlezza, quien nos pone en la lectura, nos obliga a desatar ‒junto con el escritor‒ “los nudos de este mecate metafórico”, volverse el animal que se quiere ser, resolver el juego de la demostración y el ocultamiento

a F,
mosca-pájaro.

Quiere caer en el aire pero cae, como Ícaro, en el agua
Octavio Armand, El pez volador

En él parece que todo es sueño, pero por exceso de realidad. Y en la lógica paradojal que rige sus manifestaciones reina lo plástico. Un espacio tachado, suturado, lijado, siempre en movimiento, propio de una elocuencia cada vez más libre y paroxística, llena de fugas y estallidos sonoros. Se despliega así la golpeada partitura de la consciencia que se mueve como un dado y sus intrincadas transformaciones. Estos movimientos metamórficos –el caballo que se lanzó al agua y se volvió pulpo– me hacen recordar una línea de Santos López. Armand parece decir cada vez que quiere: soy el animal que creo. Curioso doblez, la identificación y la búsqueda fuera del reino humano que propiciará otras presencias, la de su cubanísima prustíada, la historia de su oído. Pero no es la primera vez que Armand aparece con estos enigmas del agua y sus búsquedas. Ya lo dije: él ha sido erizo, pez volador, ahora se presenta con el rostro de pulpo. ¿Por qué? Para comprender algo de este enigma, cubierto con la máscara del ensayo, apenas podría decir que está en juego el apetito por buscar al otro que siempre merodea en los pasillos de la propia consciencia, la del vanguardista solitario que muestra sus raíces. De otro modo, ¿por qué insinuarse desde el reino animal? De seguir lo que propone Adonis, el poeta sirio, se trata de una experiencia intensificada de la metáfora, desde la palabra dicha, hasta los sótanos más lejanos de la identidad, como si desde ese espacio –todavía palpable y fácil de situar por el saber– fuera posible lanzar un dardo que traspase la consciencia y toque algo más allá: “la metáfora –dice Adonis, en “Hacia una estética de la metamorfosis”– “es fuente del perpetuo renacer y de la renovación continua de un movimiento creativo que incluye en sí los contrarios: la imaginación y la realidad, lo extraño y lo familiar, lo sobrenatural y lo habitual, lo manifiesto y lo oculto”.

Vuelvo: la conjunción de los contrarios y sus inesperados resultados, lo alto y lo bajo cruzados en la visión que cambia de ojos como de lápices, géneros, lenguas y habanos. De la piel a la branquia, del ala al tentáculo, bajo estos rasgos está marcada la experiencia de Escribir es cubrir. Y me perdonará su autor, pero más que “pulpo de ensayos” este libro recoge reflexiones tentaculares, disyuntivas y derivantes, muy entramadas y llenas de golpes sonoros, cuyo centro está justamente en lo flotante, lo que está tocado por el desplazamiento y los movimientos espiraleados, precisamente como un molusco que se mueve demasiado a gusto en las mareas de su lenguaje, el que ha creado para sí (“verse, desorbitarse, descubrirse, inventarse”, recuerda); y lejos de sujetarlo, me temo, lo siento cada vez más libre, más ocioso y peripatético en el agua; sus conjunciones, su red de conexiones, así lo acotará, es gramática y cósmica: un punto mínimo que vibra en un diagrama más vasto (“todos habitamos por un instante una misma casa celeste”, insiste). Esas son las corriente dinámicas que animan cada una de estas páginas hipertélicas, es decir, siempre más allá de sí mismas, porque el poeta a veces se quiere volver caracol, suele pasar mucho rato imantado en cierta pared, pregunta por su sonido y sus colores, insiste con sus tentáculos, quiere adentrarse en el pabellón que lo hará aparecer en otro lugar, sí, ese pequeño trazo de la uña abre la fisura, el espacio que permitirá dar con la envoltura anhelada. “Máscara y río, grifo de los sueños”, para decirlo ahora con el Narciso de Lezama; pero no hablo de la muerte, esa otra metamorfosis, no ahora, sino de un devenir animal que huye de las precisiones trituradoras y gusta de las mejores multiplicaciones. ¿Y qué hace, cómo se mueve, para dónde va? Parece fijo, pero no lo está: solo circula. Como Churchill, lleva a Cuba en los labios, ese amor amargo y jubiloso en la lejanía de la infancia. Un tentáculo fuma, otro lee, otro vive en inglés, otro en español, otro dice esto no es aquí, otro escribe poesía, otro prosa y otro más reflexiona sobre la traducción como digestión y antropofagia. Va por las mareas, lleva pedazos de papel en los bolsillos, anuda los trozos de su mecate metafórico y los riega como ceniza; ahí, la aparición de lo que será reunido, la fumada que es a su vez lectura.

El pulpo, aquí, es el animal que se crea y lleva dentro de sí la posibilidad de ser otro: la metamorfosis como regeneración del Orfeo decapitado que sigue cantando –lo recuerda Jung, Kerenyi, el propio Adonis– después de cruzar el trecho de las brasas a la panza. Vanguardia animal, la poética vista como zoología, misteriosa ciencia marina, la del ensayo como la visión del fantasma apesadumbrado de tentáculos conjeturales, empeñado en continuar la visión simultánea de la página que lanzó al mundo Mallarmé y ahora navega en estas prosas de arrebatos. En otras palabras: dinamitar la insistente linealidad del pensamiento, volver cada paso dado –la página como mundo– analogía: lo humano se rasga para abrirse paso dentro de sí a la móvil perplejidad del que está condenado a vivir en el malabarismo de sus hábiles extremidades. No, no es un juego literario, tampoco una tragedia. Es algo que ocurre, tal vez, en la frontera de ambas. O en otra parte.

Todo lo anterior para insistir: no sé qué es este libro, no conozco su techo, se me escapa la voz del que habla en el burbujeo y salta con el empeño del coral derramado. Habría que hacerle al animal naciente la misma pregunta que se hizo cuando era pez volador: “¿en qué trata de transformarse?” ¿Por qué hacerlo tantas veces? ¿Hacia dónde trata de desplazarse? Sería muy fácil decir que se trata de la historia cubana vista y sentida desde la distancia, el “proceso” del hombre que cruza de la calle Marx a la Fidel con la cámara de ecos de sus exilios a cuestas. Pero, sociologías un tanto aparte, hay algo más: es una forma de estar sin estar y tratar con el tiempo desde otros espacios: escribirlo para des-cubrirlo sin dejar de asimilar cada paisaje: la fuerza de Escribir es cubrir está en el recuerdo de algo con sabor sonado. Física metafísica. Dirá el poeta: autorretrato de él sin él. Y sabe desplazarse en la tierra, gusta de la grafología, las excavaciones y las genealogías, la cábala y Lydia Cabrera. Ciencia de las síntesis y los injertos, aquí la pregunta que acompaña todas sus mímesis. “¿Y qué es la poesía sino una esmerada corrección de pruebas de nuestra partida de nacimiento?”. Por eso la pesadumbre conjetural, su prueba más allá de las palabras, las mutaciones y los desplazamientos animales (cada una de sus voces podría arrojar nuevas pistas nutricias). Escubrir. Otra metamorfosis más, no la de K, sino la de O, vuelto personaje encubierto que se desliza en el centro vertiginoso de este libro, su voz hace la crónica cubana que salta de Miami a La Habana para demostrar que la teoría de los grados de separación –tres, cuatro, cinco, seis– es más que cierta. Aquí, por ejemplo, en Caracas, suelo sentirme más cerca del mundo jurásico de lo esperado. Si bajo la complicidad de O ponemos a rodar el carrete de las conexiones, no será muy difícil destapar que estoy muy cerca de ciertas bestias, muy lejos de la noble zoología que ahora intento trazar. Si el mundo es un pañuelo manchado de sangre, a la vuelta de la esquina merodean los chivatos cooperantes y torturadores, los de ayer y los de hoy. Y así, por nadita, llegaremos a la tumba del absuelto y su paródica cría. Huele a Saturno y la fase germinal de ese nada sublime ecosistema Armand la resume así: “Brazos armados de escasa ideología y ocasional chequera enquistados en la universidad, la policía y algunos ministerios, que desembocaron abiertamente en gansterismo”. Por si fuera poco, el santo patrono de Escribir es cubrir, más que Lezama, yo creo que es Moebius. En una sutil y maravillosa torsión, aparece la historia de ciertos exilios cubanos enlazados con CAP, Tinoco, Betancourt, Prieto Figueroa. Y así, de soltar la cuerda analógica cada vez más, hasta tocar terrenos demasiado oscuros.

Escribir es cubrir no sería posible sin todo el vivo sedimento que Armand ha ido generando en las últimas décadas, desde Superficies y otro libro de ensayos: Estética invertebrada; curiosamente, en esas páginas aparece la inclinación por lo animal como una suerte de salvoconducto para lo humano y su infinita capacidad de camuflaje. ¿Y no será la vía regia para poner entre paréntesis el tablero del tiempo? Sobre la piel, una armadura. El que soy, lejos, bien escondido. Cubrirse para volver a ser. Así lo ve Armand: “Es una forma de vida salvaje, primitiva, ay, sentir la suerte envidiable del humo como fuego apagado todavía. Como serpiente que muda la piel para dejar de ser nube o pájaro renacido en espirales de las cenizas. O nube una y otra vez”. Mudar de piel como se muda de metáfora y, a su vez, del animal que cantará la misma historia, la del yo vuelto otro, pero con su propia tinta. Así se cumple el juego entre la demostración y el ocultamiento, la mirada que al desplazarse por los muros de la prosa toca capas subterráneas. Topografía: más que componer, mirar hacia atrás y entrar en la órbita del re. No es casual así que Armand tenga también un libro de memorias, oblicuas, por supuesto. Como si estuviera escribiendo su propia versión de El origen de las especies, Darwin de su propia vida imaginada, en El ocho cubano habla del “crazy horse”; paso a paso, va escribiendo su transformación. No es azar el paso del yo al tú:

Búscate en el espejo. Si ves un piel roja no eres un piel roja. Todavía no. Estás verdaderamente lejos de encarnar la metáfora si tienes que someterte al subjuntivo, si eres irreal y solo es real tu irrefrenable deseo de ser otro. Pero si de repente estás muy alerta, si el viento te despeina y hace sentir casi ajena la piel desnuda a medida que el galope estremece la tierra y el creciente tropel del horizonte te atrae más y más hacia otro destino, puedes arrojar las espuelas y las riendas. El piel roja no las necesita. Porque en realidad él no cabalga, más bien forma parte del impetuoso animal, como un centauro, hasta convertirse en caballo mismo, todo el caballo y su vertiginoso movimiento, y ya no ve sus crines ni su cabeza sino solo la pradera rasa … La metáfora del deseo, cumplida, arroja un saldo sorprendente: como Crazy Horse, eres un caballo, y como tal eres velocidad, desaparición, viento. Un cuchillo sin mango que no tiene hoja. Un caballo sin brida que no tiene riendas.

La pasión metamórfica que recorre la poesía y la prosa de Armand, vistas las cosas así, es instintiva, tiene que ver con el hecho de la expresión y sus más recónditas vertientes, también con una forma de mostrarse. Sí, movimientos, tentáculos miméticos. De aceptar por un momento la verosimilitud de todo lo anterior, habría que volver al apunte que hace James Hillman en La cultura y el alma animal: no es descabellado asumir que el despliegue de la belleza y el deseo de supervivencia entren dentro las funciones instintivas; reducirlas a lo meramente reproductivo y depredador impediría adentrarse en la posibilidad de la poiesis transformadora. “El animal”, apunta Hillman, “nos recuerda continuamente que el juego de la creación es la revelación. Ser, es ser visto. La belleza es dada con la existencia”.

Y por ahí andan y nadan estas páginas.

Junio, 2017


Escribir es cubrir (Pulpo de ensayos) por Octavio Armand. Editorial El Estilete. Caracas. 2017.