La confrontación no siempre es entre bandos ideológico-políticos opuestos. A partir de la revisión de un epistolario, Elías Pino Iturrieta nos alerta sobre quienes se empeñan en acabar principalmente con “enemigos interiores”, como ocurrió en el pantano de las intrigas en el que muchas veces naufragaron los sueños de los “patriotas”, y cuya víctima más notoria fue el generalísimo Francisco de Miranda

Como se sabe, la correspondencia privada es una fuente fundamental para la reconstrucción de pasado. De su contenido brotan versiones que habitualmente no se encuentran en los documentos públicos; comentarios, descripciones y explicaciones que solo circulan con comodidad bajo la protección de los pliegos lacrados. Si no dicen a plenitud la verdad, permiten a sus autores licencias que no se expresan en los papeles destinados a amplia circulación. Hoy acudimos a ese tipo de versiones en torno del papel de Francisco de Miranda cuando se establece por primera vez, de manera fugaz, un ensayo de república en Venezuela.

En atención al sigilo de sus letras se pueden descubrir afirmaciones y matices que no tienen cabida en los documentos oficiales, o en declaraciones y noticias destinadas al gran público. El ambiente que entonces rodea al Precursor se puede reconstruir en forma diversa desde la excepcional atalaya de los amigos y los adversarios que sienten la obligación de apoyarlo o de atacarlo, sin presentarse ante la prensa o en una tribuna. Las misivas que ahora se utilizan provienen del Epistolario de la Primera República, editado en 1960 por la Academia Nacional de la Historia.

La hidra multiforme

El epistolario de la época encuentra en el Precursor recién venido de Londres uno de los mayores motivos de separación. Así lo advierte un personaje desconocido, Juan Luis Camón, en unas notas que envía a su amigo Domingo García de Sena desde Caracas, el 18 de noviembre de 1811.

Respecto de Miranda, me parece que en mi anterior del 5 del corriente le digo algo, pero adelanto que aquí se ve no con muy buenos ojos, por fundamentos reservados (que no comprendo), que lo han hecho sospechoso.

¿Sospechoso de qué? Ya derrotada la república, en abril de 1813, el impresor y gestor del gobierno en el extranjero, Luis Delpech, escribe en Londres una Relación remitida a un íntimo llamado Molini, en la cual hace una observación panorámica sobre el polvo levantado por la presencia del personaje en los episodios fundacionales.

Ud. sabe todo lo que se ha dicho sobre el General. Para responder a las calumnias, a los sofismas, a las injurias con que se le ha colmado, sería indudablemente necesario tener mucho tiempo para perder, a fin de luchar con la hidra multiforme de la impostura, del fanatismo y de la necedad.

Tal vez el juicio de Delpech no aprecie, debido a su rotundidad, los motivos procedentes del entorno que podían producir reacciones comprensibles contra el predominio del individuo que es una celebridad cuando retorna a la ciudad natal después de largo alejamiento, y quien, desde luego, atrapa la atención de los líderes y de la gente común que lo reciben.

La versión de Roscio

En una extensa misiva escrita por Juan Germán Roscio para Andrés Bello, en 9 de julio de 1811, se dilucidan algunos de los fundamentos de tales razones. Como está redactada por el intelectual más sólido de la época, pero también debido a la consideración que al remitente y a la generación de entonces merece el destinatario, se trata de un documento especialmente digno de atención.

Roscio se extiende en el comentario de las atenciones ofrecidas al hijo de vuelta en casa, dignas de su prestigio, pero después se detiene en la reprobación de las poses irritantes que llega a protagonizar. La primera como consecuencia del rechazo que él mismo, junto con Francisco Javier Ustáriz y otros letrados, hicieron del plan de Incanato que pretendía imponer como fundamento de la Constitución.

Dice el autor de El triunfo de la libertad contra el despotismo:

De aquí nació su primer resentimiento. Se propuso la idea de ridiculizar nuestro plan; y a este fin, hizo sacar de él varias copias. Con el mismo objeto, se formó una tertulia de siete personas que, sin ser censores, tomaron a su cargo la censura del papel. Cotejado con el de los Incas, mereció la aprobación que usted habrá observado. Miranda jamás exhibió el suyo al gobierno, ni otro alguno que a lo menos pudiese recomendar su trabajo material.

Después lo acusa de actitudes arteras, debido al revuelo que causa un artículo del irlandés William Burke sobre libertad de cultos, publicado en la Gaceta de Caracas.

Apenas leyó Miranda la Gaceta cuando se propuso la idea de negociar por el camino de la religión, o más bien de la hipocresía refinada. Creyó hallar, o haber hallado un medio muy proporcionado para reparar ventajosamente las quiebras que había padecido su opinión en los sucesos anteriores. Marchó a la casa arzobispal; y revestido de un tono muy religioso, graduó el discurso de irreligioso y ofensivo a la pureza del cristianismo; y excitaba al prelado metropolitano a tomar parte en la censura de la Gaceta, y en la condenación del discurso. El arzobispo supo eludir esta tentativa con mucha discreción; y traslujo desde luego el espíritu del nuevo defensor del catolicismo.

¿Fue capaz el Precursor de protagonizar una escena como la referida, contra un autor que había llegado a la ciudad por su recomendación, contra un forastero que podía quedar desamparado ante el poder de la Iglesia? “La táctica política de este anciano es muy desgraciada”, remacha más adelante el despacho. No se trata ahora de corroborar el episodio, ni de dudar de la versión de Roscio, sino de observar cómo se fomentan rivalidades y antipatías de las que no escapan los actores de mayor relevancia y de las cuales se pueden esperar corolarios terribles para la causa de la Independencia. Roscio después rectifica y llega a disfrutar la compañía del hombre a quien ahora critica, pero escribió lo que se ha visto.

Mal de muchos

El clima de enfrentamientos generalizados que se ha sugerido como explicación encuentra apoyo en una carta de Miguel José Sanz al propio Miranda, escrita en 15 de mayo de 1812. Sanz fue también un intelectual de primera línea en su tiempo, un autor atendido y respetado. Ahora describe su postura en una discusión de la Cámara con el Poder Ejecutivo, en cual llega a comentarios panorámicos sobre el asunto que ahora se trata.

Me levanté, hablé haciendo ver los males que nos había causado la desconfianza irracional y torpe con que en todo procedíamos; que para nosotros no había hombre de bien, y que si no abandonábamos semejante conducta seríamos enteramente perdidos.

La carta de Sanz habla de una descomposición de la cúpula, provocada por querellas de sus figuras, por un contraste sin fundamentos racionales entre quienes, según se pensaba desde el inicio del movimiento contra el imperio, compartían idéntico credo. Pero no solo se peleaban por los matices del credo, de acuerdo con los folios cuyos retazos venimos descosiendo, sino también por motivos nacidos de un recelo capaz de contagiar a amplios sectores.

Por eso Pedro Gual, redactor de El Patriota de Venezuela, sugiere al futuro Generalísimo una medida extrema en correspondencia de 14 de junio:

(…) expurgar esta ciudad de enemigos interiores vale más que batir tres o cuatro mil corianos; ahora añado que las facciones toman cada día un carácter más serio y es preciso confesar que nos hallamos en esta alternativa: o el General Miranda y los verdaderos amigos de la libertad colombiana somos derrotados prontamente y del modo más ignominioso, o ellos triunfan para siempre de los intrigantes y perversos.

Gual habla de “enemigos interiores”, como se ha visto. Pone de relieve un enfrentamiento que no solo se libra entre los criollos republicanos y las fuerzas españolas, o entre los criollos republicanos y los criollos realistas; sino también entre los propios insurgentes a quienes habitualmente hemos observado como un bloque compacto y angelical. Pero si nos detenemos en sus diferencias, si contemplamos sus abismos al violar el sigilo de un epistolario que no estaba dirigido a nosotros, tropezaremos con los escombros de una república y con Miranda preso y muerto en La Carraca.