Un “bisoño brigadier” llamado Simón Bolívar casi no puede mostrar triunfos en 1813. Al contrario, como todos los mantuanos, sufre la humillación de rendirse ante un canario de muy malos procederes, José Tomás Boves. Pero no se trata de un hombre común: al poco tiempo sale del pantano y emprende la Campaña Admirable, en cuyo centro palpita la “Proclama de Guerra a Muerte”

El documento fue publicado en Trujillo, el 15 de junio de 1813. Se conmemora una decisión capaz de determinar el rumbo de la Independencia, y de provocar polémicas justificadas. Se trata de una decisión insólita debido a que su autor, un joven que apenas comienza a destacar después de una cadena de descalabros que han terminado con el primer ensayo de república, se atreve a determinar a la fuerza los linderos del bien y del mal, la distribución genérica de premios benevolentes y castigos severos, la división de los hombres del contorno en ángeles y demonios que se deben separar sin miramientos. Nadie se había atrevido a semejante decisión, pero él, un bisoño brigadier llamado Simón Bolívar, que apenas se comienza a conocer, la toma para que en adelante nada sea como había sido en Venezuela. De allí la trascendencia de la Proclama de Guerra a Muerte, y la necesidad de mirarla con nuevos ojos ahora, cuando el tiempo tal vez permita observaciones libres de los prejuicios habituales.

Un soldado sin fortuna

Son pocos los laureles que Bolívar puede mostrar en 1813, especialmente en la parcela militar que después lo convertirá en estatua de bronce. Había llamado la atención como agitador en la Sociedad Patriótica y seguramente en la escritura de incitaciones en El Patriota de Venezuela, periódico de los jóvenes extremistas de la época, pero sin destacar de veras. Las armas no habían sido su fuerte, sino todo lo contrario. Jamás pudo levantar la bandera del triunfo cuando sirvió bajo las órdenes del Generalísimo. Le fue mal en el ataque de los milicianos pardos y en la captura del convento franciscano de Valencia, fortalecido por los realistas. Después salió con las tablas en la cabeza en la defensa del castillo de Puerto Cabello, durante mayo y junio de 1812, que dejó en manos del enemigo porque no pudo o no supo controlar la guarnición que había quedado bajo su comando. “No me siento con ánimo de mandar”, escribió a Miranda después de una derrota que lo coloca en un estado de evidente postración.

Tal vez conmovido por la carga del infortunio, tomó la única decisión que le salió bien: apresar a su superior para que pasara a disposición del capitán realista Domingo Monteverde. Distancia descomunal ante el héroe de entonces, a quien captura mientras está desprotegido y solitario; conducta de la que resulta difícil ufanarse, es el único punto positivo que pudo anotar en su historial, en caso de que así le pareciera en medio de la confusión que caracterizaba a la sociedad. Pero se libró de la cuchilla de los triunfadores, cuyo jefe le permitió salir hacia el extranjero sin amenazas ni reprimendas.

Una revolución inesperada

Antes de marcharse, tuvo tiempo de observar la única revolución que en realidad había sucedido, más contundente que la separación política anunciada el 5 de julio de 1811. Por lo menos así debió percibirla un mantuano acostumbrado a las delicias de la cúpula, un aristócrata que se había convertido en insurgente sin imaginar lo mal que lo pasarían los de su clase. Ahora gobernaban unos canarios cerriles y sanguinarios. Las mansiones de las familias acomodadas habían sido invadidas por la chusma. Las damas blancas se escondían de las mesnadas de Monteverde, y de un nuevo jefe desenfrenado, José Tomás Boves, ante quienes se postraban los señoríos antiguos para clamar por su vida. Los criollos hacían cola ante mandones de mala muerte para suplicar clemencia, en medio de una humillación inimaginable hasta entonces. Ni siquiera el obispo o el presidente de la Audiencia eran respetados por la soldadesca posesionada del destino que antes manejaba la gente de alcurnia, o los patiquines que en la víspera habían estrenado el gorro frigio.

En general, los historiadores no se han detenido en el examen de la calamidad que fue, para los mantuanos de 1813 y para el promotor de la Guerra a Muerte, un desplazamiento tan drástico del ejercicio de la autoridad, una patada así de inesperada que los colocaba en la orilla de la colectividad. ¿No pudieron provocar esas indeseables escenas, una reacción como la que se resumirá en una proclama orientada expresamente hacia un holocausto que se anuncia con bombos y platillos? Tal vez no vaya descaminado quien busque explicaciones en el agravio que los canarios le causan entonces a los blancos criollos.

Una voluntad imponente

Pero también debe mirarse hacia la férrea voluntad de quien ha tenido la suerte de sobrevivir. Bolívar apenas se duele un poco del fracaso en el cual ha tenido responsabilidad. Un individuo del montón tal vez quedara sin ánimos después del huracán que lo ha arrollado, pero él no es un individuo corriente. El desgarramiento atenaza su voluntad hasta el extremo de soñar con el triunfo cuando solo existen motivos para el duelo, hasta el punto de buscar la venganza ante un agravio tan severo que difícilmente permitía el movimiento de quienes lo padecieron. Sale del oscuro pantano, sin embargo, y con él la república por un breve lapso.

Viajó hacia la Nueva Granada, como se sabe, para colocarse bajo las órdenes del presidente Camilo Torres. Escribió su primer documento público, el Manifiesto de Cartagena, y llevó a cabo victoriosos hechos de armas que le ofrecieron oxígeno al desfalleciente gobierno de las Provincias Unidas. Impresionado y agradecido por sus triunfos, el mandatario le concedió el título de Ciudadano de la Nueva Granada y le otorgó el grado de General de Brigada. Ahora no es un desconocido. Ya ha saboreado el éxito que le había sido esquivo. Ya puede proponer un proyecto que le permita volver a Venezuela con un contingente digno de consideración, 7.000 soldados bien armados. Se ha levantado de un agujero lóbrego para iniciar la llamada Campaña Admirable, en cuya médula se encuentra la controversial Proclama de Guerra a Muerte.