Fervor de Caracas
Ante todo, quiero agradecer a la Fundación Valle de San Francisco y, muy especialmente, a María Fernanda Palacios por honrarme con esta invitación, no sólo porque esta fundación ha conformado ya una prestigiosa tradición, sino también porque si hay algo que aprecio es el trabajo que ella realiza. Espacios para la reflexión son de incalculable valor en los tiempos que corren y sólo a través de ellos podremos asegurar una sociedad que convoque a un tiempo desvanecido, a la par que reelabore el presente de ese espacio y reflexione acerca de la prefiguración de su futuro.
María Fernanda, hace algún tiempo, fue la invitada especial de la Conferencia Magistral que inauguró los Postgrados del Instituto de Urbanismo. Su intervención la tituló “El alma en la calle”. De esa importante disertación, que he releído unas cuantas veces, cito las siguientes palabras:
Digo alma en la calle y uso la palabra alma en su sentido ordinario; no como concepto filosófico o teológico; casi como un sinónimo de vida interior, como ese impulso que nos anima “por dentro” dándole sentido al vivir. Sin alma, podemos funcionar perfectamente, pero sin sentir lo que hacemos, sin matices ni valoraciones afectivas. Sin alma vivimos como anestesiados. Es ella la que nos hace vivir la calle.
Hoy, en este lugar, constato que nuestra querida anfitriona continúa incansablemente batallando para asegurar que el alma se mantenga en nuestra ciudad y observo con alegría que esa conferencia marcó muchos de mis textos posteriores. Muchas gracias, María Fernanda. En Caracas, en agosto de 2016. FMR.
Explorar, conocer, apropiarse, son actos que le debemos a la ciudad, por más infranqueables que se presenten ciertos espacios, acorralados por el ruido y la inseguridad. Pero solo en el “callejear” es posible encontrar el alma de la ciudad. Cada quien a su manera, y con los invitados que elija, puede salir en busca “de lo que no se le ha perdido”
Lo esencial no ofrece resistencia, 
no tiene piel.
Karl Schogel
En el espacio leemos el tiempo

 

Caminarla sin conseguir un norte, recorrerla sin hallar la ruta, busco referentes urbanos sin encontrarlos que guíen caminatas urbanas. Caracas es un acertijo difícil de interpretar, al menos para los caminantes. En ella, los recorridos constituyen la menos inocente de las tareas; pueden ser una labor ardua, compleja y, además, debemos convertirnos en atletas para evitar los obstáculos y dificultades que sin cesar se interponen en el camino: plazas descuidadas, calles de alta velocidad a diferentes niveles, tráfico congestionado en vías de seis y siete canales, ausencia de pasos para peatones, aceras que desaparecen sin lógicas aparentes, además del ruido y la inseguridad que siempre nos embosca.

Recuerdo al amigo español que llevamos a la Plaza Venezuela, su cara expresó la perplejidad de la incomprensión, sin cesar de mirar a su alrededor y después de pensar un rato preguntó: ¿y dónde está la plaza? Aún bajo el impacto de aquella inocente pregunta, muchos días después logré elaborar una respuesta: los espacios públicos de mi ciudad relatan una historia de desamor, desencuentro, ausencia de urbanidad e insensibilidad respecto a la Domus Nostra. Mi amigo no pudo escucharla, hacía tiempo que se encontraba de regreso en una ciudad española de espacios públicos meticulosamente diseñados y mantenidos, construidos con materiales de gran resistencia y belleza.

Ese comentario develó la causa de la extraña desazón que me asalta cada vez que recorro la mayoría de los espacios públicos de mi ciudad. Sin protestar hemos visto cómo, lentamente, han perdido uno tras otro los símbolos en los cuales radicaba su esencia. Ya no sirven para comunicar valores de lo urbano, se les ha reducido su significado, su capacidad de enhebrar un texto de urbanidad se ha debilitado; al igual que ya no interpretan la ciudad, no declaran o manifiestan un discurso de la civitas, no representan valores urbanos, en fin, sus cualidades citadinas se han debilitado.

¿Cómo caminar en nuestra ciudad, qué estrategia hay que desarrollar para que podamos transformarnos en lo que Walter Benjamin llamó el flâneur? Pregunta que interroga el alma de Caracas, si es verdad que a cada forma de moverse corresponde una forma específica de conocimiento, nos encontramos frente a un dilema: ¿cómo conocerla si no podemos deambular en ella?

fervor-de-caracasConocer una ciudad no es solamente memorizar direcciones o identificar edificaciones; es, sobre todo, poder articular sus componentes con vivencias que conversen con nuestra imaginación. Nos referimos a conocer a través del sentimiento: en este espacio mítico juega un papel importante la intuición, que permite establecer un diálogo entre un objeto y los conceptos que lo sustentan.

El conocimiento de lo urbano sólo puede ser sensible y una forma de obtenerlo es callejeando, actividad nada simple, pues reúne muchos requisitos: necesita que estemos atentos al discurso íntimo que comunica la ciudad, lectura de sus espacios públicos, donde caras, expresiones, olores, colores, vitrinas y vidrieras, terrazas, carros, calles, aceras, árboles, casas y edificios, se convierten con igual intensidad en signos que juntos producen palabras, frases y párrafos de un texto urbano siempre universal.

Por supuesto que ese texto será diferente para cada lector, ya que se encuentra matizado por las experiencias de cada flâneur. Como lo expresa Benjamin: quien quiera ser sacerdote del genius loci, tiene al menos que exponerse al magnetismo del lugar. Con esta frase se evidencia la importancia del callejear; no podremos entender la ciudad si no nos arriesgamos a transitarla abriendo los ojos de la sensibilidad. Sólo comenzamos a interesarnos en las cosas cuando las recibimos, acogemos y percibimos como objetivaciones de nuestra mente.

La sensibilidad hacia el lugar es un fenómeno recientemente revalorizado y, en ese sentido, en nuestra ciudad hay que resituar estos espacios como locus de las reivindicaciones de un nuevo humanismo, como una utopía urbana realizable, entendiéndola en el sentido propuesto por Walter Benjamin.

La sensibilidad pasa entonces a formar parte de los aparejos que necesitamos aportar a la reflexión sobre el espacio público. A pesar de que es un instrumento difícil de corporizar en acciones, es de los más importantes para asegurar la cualificación de lo urbano. La sensibilidad es condición de la imagen poética y, quizás, es en ese ámbito en donde debemos buscar la forma de entender como el flâneur participa en la construcción del imaginario de la ciudad. Bachelard nos advierte que será necesario que:

… el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética…

No es suficiente percibir la ciudad a partir de los postulados científicos tradicionales, es necesario incluir la sensibilidad como mecanismo para comprender ese maravilloso invento del hombre que es la ciudad. Esa orientación arroja una nueva luz sobre el significado del caminar en la ciudad. Percibir desde el sentimiento hace posible recuperar o crear ópticas que ofrezcan nuevos enfoques para acometer la tarea de recuperar la posibilidad de comprender y amar lo urbano.

La forma de moverse para conocer pasa por divagar memorizando lo que observamos y permite que el callejear constituya un acto que convoque a un tiempo desvanecido, a la par que reelaboramos el presente de ese espacio y construyamos una prefiguración de futuro. Ese juego espacio-temporal en el cual caleidoscópicamente intervienen pasado, presente y futuro permite que cada recorrido se constituya en verdadero acto generador de nuevos conocimientos. Divagar, rondar, merodear son sinónimos que explican que el tiempo es elemento clave en este aprendizaje. No se puede aprender apurado si queremos convertirnos en verdaderos flâneurs, en conocedores de la ciudad.

fervor-de-caracas2Hay tantos modos de mirar y de ver como modos de moverse: el del comprador que se apura en conseguir la mejor mercancía; el de la persona que pasea a su perro preocupada por sus necesidades; el apurado en llegar a su trabajo, quien no está interesado sino en la velocidad que ofrece el camino más corto; el de los estudiantes que salen de clases, interesados en participar de la algarabía grupal; el del turista, afanado en llenar cada día una lista de lugares recomendados en guías de viaje. Cada tipo de movimiento tiene su específica manera de ver, de leer el argumento de lo urbano y comprender el jeroglífico de signos a él ofrecidos. Cada uno procesa, codifica, descifra, sistematiza de manera particular lo que luego verterá en su texto o cuaderno de viaje.

Su coreografía no se organiza con líneas rectas. Para el que lo observa desde lejos, es un bailarín de danza moderna: sus trayectorias se tejen y destejen en un lenguaje abstracto, secuencialmente opaco, asincopado y hasta arrítmico. Solamente él conoce el guión, el que disfruta sus movimientos deberá interpretarlos y reconstruirlos. El símil de la danza permite ilustrar lo que hemos apuntado: ¿cómo identificar los saberes que cada forma de moverse en la ciudad nos ofrece? El flâneur tiene que ser un caminante consciente, es decir sabe lo que busca o se encuentra abierto a interpretar lo que el azar le ofrece, sólo así podrá ejecutar su danza.

El flâneur tiene sus espacios específicos. No lo encontraremos en las autopistas, en los subterráneos atestados a las horas pico de los metros, menos aún en espacios constreñidos por el poder, donde el movimiento de la masa construye coreografías rígidas. Estará a sus anchas en espacios complejos donde encuentre múltiples rutas, en espacios de carácter híbrido, con diversidad de usos a su disposición, donde la sorpresa lo aceche y donde pueda rendirse a lo imprevisto.

Gustave Caillebotte "Jour de pluie à Paris"

Gustave Caillebotte: “Jour de pluie à Paris”

Su relación con el tiempo constituye uno de sus temas preferidos. Quien no tenga tiempo que no intente callejear, quien no se encuentre abierto al suceso sin guiones rígidamente preestablecidos no podrá abandonarse al deambular pues no estará abierto al encuentro casual, tanto con ambientes como con personas. Disponer de tiempo es signo de riqueza, la pobreza en el flâneur se evidencia en la prisa por llegar a alguna parte. Para él, viaje o recorrido es lo opuesto de esparcimiento. Creará una narrativa que se apoye y mueva en el espacio, no en la sucesión del tiempo. Su relato echa mano del cuaderno de viaje, del cuaderno de croquis, del carnet de apuntes, de la hoja de ruta, de la imaginación desbocada, de los estímulos del otro, no tiene espacio para la cámara fotográfica o la filmadora, a menos que sean instrumentos de su estudio.

La relación que establece el ser humano que transita por la ciudad con el espacio público raramente se encuentra presente en nuestro pensamiento urbano, parecería que esta relación no interesa, que es una reflexión descabellada, que evade la realidad. La búsqueda de lo esencial es tema de este actor de la ciudad. De acuerdo con lo que dice Schogel, si lo esencial es invisible, el paseante inquisidor de lo urbano tiene que atrapar lo inasible para construir su realidad y esa acción es germen de conocimiento. El viaje se convierte en forma significativa de acopiar lo que se encuentre, en instrumento de esa experiencia que reconoce el recorrido como forma de exploración e indagación.

Nos parece importante referirnos, como modelo de un flâneur tipo, si eso existe, a la actitud de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, quienes conjugaron los verbos explorar, comparar, catalogar, relacionar, anotar lo esencial, dibujar lo particular para construir el saber. Aún tiene sentido invitar a Darwin y a Humboldt para que nos enseñen a mirar, ya no con la óptica del romanticismo, sino para que ensayen la descarnada mirada postmoderna.

Si pensamos en lo invisible como tema de rutas urbanas que añoramos, una invitada especial que me gustaría convocar es la persona que dibujó en el aire, que utilizó la segunda y la tercera dimensión como ámbito de sus obras, uniendo el plano y el espacio para alcanzar la transparencia. Gego se dedicó a reinterpretar la ubicación de los objetos en el espacio privilegiando su interrelación, descubriendo sus tensiones y atracciones. En su acechante obra Reticulárea, que ocupa una pequeña habitación del Museo de Bellas Artes de Caracas, descubrimos precisamente la necesidad de movernos para conocer, para perderse, para encontrar cientos de caminos a recorrer. Cada uno de nosotros seleccionará los suyos, los que con uno dialoguen, los que permitan regodearnos y flanear o callejear, para aprender ese camino que tanto nos desasosiega. No nos interesa el adónde sino el dónde.

Invitemos a Darwin, a Humboldt y a Gego a pasear por la Plaza Venezuela; seguramente ellos indicarán cómo comprenderla, compararla, catalogarla, explorarla y representarla. Gego, con sus líneas inmaterialmente cargadas de significado, la observará a través de sus gruesos lentes y mostrará cómo recorrerla, cómo observar lo invisible, cómo sentirse a gusto en la diversidad, cómo encontrar múltiples caminos para interpretarla y, lo más importante, cómo devolverle el alma perdida.

Esos recorridos que proponemos asumen el pasado, reconocen el presente y prefiguran el futuro. Tiempo y espacio como herramienta de conocimiento que valoriza, como dice María Fernanda Palacios, que hoy más que nunca en los recorridos urbanos tiene sentido el buscar lo que no se nos ha perdido.

Frank Marcano Requena
03 de agosto de 2016