Como vocación, Nelson Garrido, artista visual sin más categorizaciones, “nos conmina a adivinar e imaginar más allá de la máscara insoportable con la que nos confronta”. Para Miguel von Dangel, Garrido entiende la fotografía, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para expresar, con desparpajo, el dolor de la realidad que carga a cuestas

1.- Al comienzo de esta presentación me gustaría poner en claro que eventualmente soy la persona menos indicada para llevar a cabo esta tarea.

Esto debido, en primer lugar, a la posición que he sostenido durante el tiempo de amistad que llevamos, incluyendo la polémica a que hemos llegado en ocasiones, que considera que en su caso el hecho fotográfico refiere menos a un fotógrafo profesional que a un artista de las artes plásticas, más cercano al universo pictórico –y que se vale de la fotografía como instrumento de trabajo‒ que a un fotógrafo jugando a ser pintor.

Es de rigor señalar este aspecto, más aún cuando hoy nos reunimos a celebrar la edición del libro que resume gran parte de una obra, digamos que “visual” para no seguir profundizando estos dilemas interpretativos.

2.- De seguidas me remito al excelente texto introductorio que de la publicación hace Gerardo Zavarce, segundo punto a notar y que, para ser más exacto aún, siento que me coloca en desventaja para salir más o menos bien parado del compromiso.

En realidad lo que soy de Nelson es su amigo y para nada el estudioso suficientemente calificado y riguroso como para aventurar juicios conceptuales acerca de su extensa obra profesional, razón por la que prefiero enfocarme en el aspecto vocacional, menos que de la parte profesional de este irreverente sujeto de la escena plástica nacional.

Se trata de una forma de sentir más que de razonar, que Garrido comparte con muchos más artistas de los que generalmente se sospecha, aspecto este que me permite referirme a la última conferencia que dediqué a su trabajo durante un ciclo de charlas en la Universidad de Los Andes en Mérida, apenas unos meses atrás.

Allí fundamenté los vínculos de la fotografía con la pintura propiamente dicha a partir de la obra “El llamado de San Mateo” del Caravaggio, por el uso que aquel genio renacentista hizo del prototipo de la cámara fotográfica (la así llamada “Cámara Oscura”).

En esta oportunidad, sin embargo, preferimos ubicarnos mucho más cerca en el tiempo y espacio haciendo mención, tal vez, de Martín Tovar y Tovar, por ejemplo, quien, más allá del obvio uso de modelos fotográficos como soporte para muchos de sus retratos y paisajes, llegó a mantener un taller de fotografía en la Caracas de su tiempo. Contemporáneamente a ello, podríamos hacer mención del padre del gran Arturo Michelena, pintor más bien discreto ‒por no decir pintor más o menos convencional‒, quien llegó a incluir en alguno de sus retratos pintados, y a manera de collage, la fotografía de un camafeo adosado al cuello del personaje representado.

Y así en adelante pasaríamos a Reverón, del cual me resulta difícil no entender alguno de sus retratos de grupo o individuales, “inspirados” (algunos de ellos, por supuesto) en modelos fotográficos, independientemente de sus paisajes en “blanco y negro”, a todas luces influenciado por el modo de ser vistos a partir de la fotografía de su tiempo.

En fin, creo que estos ejemplos son suficientes (si es que no hicieran falta otros tantos), para justificar aquello que dijéramos al principio de la “vocación” del artista Nelson Garrido, más que su exclusiva “profesión” fotográfica.

En resumidas cuentas, lo que quiero decir es que más allá de toda duda, la fotografía para este creador de imágenes es un medio y no un fin en sí mismo, es un instrumento para profundizar en sus intuiciones y no un simple punto de llegada de sus inspiraciones.

Portada del libro: Nelson Garrido. La Cueva casa editorial. 2017.

Del libro mismo, y alcanzado este punto, diremos que se trata de una edición ambiciosa –en el mejor de los sentidos- en tanto que abarca casi todo el devenir y el desarrollo del trabajo creador de Garrido. Una publicación no menos inesperada en la menguada hora que estamos soportando, en lo económico por las enormes dificultades que atravesamos, y que hacen casi milagrosa la realización de un proyecto de tal envergadura, sin desmérito, y en primer lugar por el coraje que nos revela la posición política que nos denuncia alguno entre los capítulos que componen el libro. Es así como me refiero a la cruda denuncia en contra de la insolencia contenida en la tesis del “pensamiento único”, cuyo resultado, como queda patentemente expuesto, no puede ser otro que la imbecilización de toda una sociedad expuesta a la ignominia y subsecuentemente al terrorismo de Estado que la promueve.

Por tanto, llegamos a alcanzar niveles de percepción cuasi religiosos en su acepción más oscura, sin lugar a dudas promovidos, más que por la ignorancia, por la maldad. Punto este que nos permite agregar una reflexión adicional a la conclusión de este breve acto, pues en tanto a lo religioso, estético y moral, en lo personal pienso cada vez más que son términos absolutamente intercambiables en el ámbito de la confusión generalizada en la que nos debatimos. La obra de Nelson, en todo caso, y a lo largo de los últimos años de contacto, me viene revelando una carga de dolor que se esconde tras la exhibición constante de desparpajo, cuyos orígenes apenas me es lícito tocar en cuanto pertenecen a su esfera de lo íntimo y privado. Razones que me hablan de unas causas comunes a la cultura general, de la cual todos en este país somos, fuimos y seguiremos siendo partes y víctimas por igual. Represiones e imposiciones de la estupidez a las que somos expuestos durante los años de formación, que alguna vez deberemos lograr perdonar para así logramos perdonar a la vez.

Mayor relevancia difícilmente podría conceder a este artista en ocasión que la de esta especie de obsesivo llamado a su muy sui generis forma de comunión, poniendo por hoy punto final al atrevimiento, y terminar diciendo que lo que Nelson nos revela se encuentra precisamente bajo la trama que sobrepone como realidad histórica, a saber, una verdad sublime en tanto universal, que nos conmina a adivinar e imaginar más allá de la máscara insoportable con la que nos confronta.

Una vez superado el susto y una vez iniciados en este arte singular, nos espera un mundo indudablemente más humano y amable, allende la ignominia circunstancial que nos lo debe impedir alcanzar. Y eso, creo, que es su fundamental llamado.

11 de febrero de 2017