En plena Guerra de Independencia, un asunto en apariencia extemporáneo ocupa los afanes del obispo de Mérida de Maracaibo. Elías Pino Iturrieta nos relata cómo contribuyen a la confusión general de aquella época tormentosa los atuendos de algunas mujeres, pues persiste la duda acerca de si las quejas moralistas se sustentan en razones de ética o de estética

El 13 de enero de 1816, cuando estamos en plena guerra de Independencia, el obispo de Mérida de Maracaibo la emprende contra la maldad de los escotes. Atormentado por las ropas lascivas de las feligresas que se exhiben en medio de la matanza que entonces se experimenta, publica una severa instrucción Sobre Trages Indecentes de las Mujeres que le acarreará muchos problemas y que finalmente debe suavizar (Documentos para la historia de la Diócesis de Mérida, Recopilación de Antonio Ramón Silva, 1922). Monseñor Javier Lasso de La Vega, quien termina por apoyar a los insurgentes después de mirarlos con malos ojos en la víspera, en esta ocasión también cambia la reacción enfática por un acto de condescendencia, o por la obligación de ceder a la presión que imponen los tiempos ante la tiranía de la moda. Veamos lo fundamental de esta pequeña historia.

Una moda incitativa

¿Por qué, cuando hay tantos problemas en el entorno, se ocupa el prelado de la ropa de las feligresas? Los figurines procedentes de Europa han introducido una variante excesivamente retadora, que le produce gran tribulación y lo lleva a hacer analogías que hoy deben parecer estrambóticas:

Se va introduciendo entre otras el trage deshonesto o provocativo (o désele otro cualesquier nombre), y que el mal cunde como mala cizaña, o plantío diabólico.

El obispo habla de un fenómeno generalizado, es decir, de la desaparición del recato en el vestir que se sugería a las mujeres desde la época colonial como demostración de honestidad. De allí la posibilidad de entender su alarma: está ante una venenosa invasión, que lo lleva a publicar letras de fulminación. Pero, si ahora no se desprende de su documento tal sensación de escándalo, es evidente que así se puede considerar cuando vemos las decisiones que toma para clausurar la sastrería.

Mandamos, bajo pena formal de obediencia, a todos los confesores seculares y regulares, suspendan la absolución a cuantos y cuantas en dicho desorden tengan parte, intervención o influencia alguna culpable, hasta que con efecto se hayan enmendado, y quemado y deshecho dichos camisones, o eficazmente persuadido a que así se ejecute, a medida de la culpa que tuvieron.

El castigo público

Pero, no contento con una orden a cuyas penas no solo quedaban sujetas las portadoras de la ropa, sino también quienes se las recomendaron o celebraron o compraron, y hasta el sastre que las hizo, Lasso de La Vega ordena una medida que expone a las feligresas a la vergüenza pública. Agrega a sus sacerdotes, pero también a todos los fieles:

…imponerles a más de esto la penitencia de siete a nueve días del ejercicio del Via-Crucis, postrándose en tierra y besándola en todas y cada una de las estaciones (…) A las Señoras y otras personas de cristiandad y virtud les pedimos y rogamos afeen y envilezcan dichos y todos otros trages indecentes: no se acompañen y huyan de gente de tan mal olor, de tan vil comercio, de tan desenvuelta prostitución: las detesten y abominen, como peste la más dañosa de los pueblos católicos.

A las “infernales” no solo se les niega la absolución inmediata, es decir, la alternativa de lavar sin alharacas un pecado ante los ojos de Dios, sino que, por si fuera poco, también se les somete a la vindicta pública. Todos las podían ver postradas en el piso de los templos debido a la comisión de un delito terrible; y, además, todos tenían la obligación de segregarlas, de alejarlas de su compañía. Las personas normales no podían aparecer como cómplices del pecado que anunciaba el obispo desde sus letras apostólicas y que debían repetir los religiosos en el púlpito, debido a que se estaba ante un riesgo parecido a las plagas.

Una rectificación acertada

Como se ha podido apreciar, la disposición no describe la indumentaria proscrita, pero explica la razón de la prohibición. Se refiere a la veda plena de los vestidos que provoquen, esto es, de aquellos que atraigan los sentidos de los hombres; de aquellos que, por consiguiente, conviden a la lujuria. Nada nuevo en los expedientes de control manejados por la Iglesia desde la Colonia. Sin embargo, si no ha cambiado la autoridad eclesiástica en lo referente a la vigilancia puntillosa de la sociedad, o al deseo de aplicarla, quienes la sufren no son los de antes y pueden buscar la manera de escabullirse.

El documento produce gran revuelo en la diócesis, pues cualquier devota puede sentirse aludida ante lo genérico de su contenido. A su vez, los curas se afanan más de la cuenta en su cacería de camisones “torpes”, o por la obligación que se les ha impuesto de meter en espectáculos públicos a las insinuadoras de placer mediante fustán. En consecuencia, solicitan al obispo una orden más específica, un mandato que no los ponga a pasar trabajos. Además, se ha sentido la molestia de los varones ante la alternativa de que sus mujeres y sus hijas patriotas o realistas se sometan a penas de escarnio a esas alturas de la historia, cuando nadie sabe todavía a qué atenerse debido a las convulsiones políticas.

El obispo entiende el mensaje, seguramente, y cierra el paso a las especulaciones con una aclaratoria capaz de superar el entuerto. Su respuesta detalla, por fin, los malévolos escotes que persigue:

Venimos en declarar no se prohibieron otros que los de pechos fingidos, tuviesen o no tuviesen ese nombre.

De acuerdo con un obispo venezolano de 1816, en suma, pecan las mujeres que abultan sus pechos por medio del artificio. Acaso en ese solo aspecto lo acompañará una multitud de feligreses desengañados.