No es difícil saber quién podría ser el autor delirante de este “cuento terrible”, pues el ensayo de destrucción del país y su historia ‒en el cual estamos sumidos desde hace casi dos décadas‒ necesita legitimarse a punta de forjar los acontecimientos y los héroes patrios a la medida de una simulada revolución social, donde el ejército, ahora venido a menos, acapara protagonismos para reparar su estima

“Las cosas se deben explicar bien, y por eso empezamos con el comentario del 19 de abril de 1810, glorioso día que no ha sido visto con seriedad por la historiografía burguesa, por esa historiografía que vamos a borrar del mapa con la ayuda de una brigada de profesionales a quienes solo les preocupa la verdad, por esa historiografía que estamos sacando de los libros de las escuelas para aclararle las cosas a los niños que serán los hombres nuevos del futuro. Pues bien, porque tenemos poco tiempo, el punto consiste en declarar lo que pasó en realidad en esa memorable jornada.

Muy sencillo: ocurrió un movimiento cívico-militar contra la opresión de Emparan. Hasta ahora se ha venido diciendo que el movimiento de ese jueves santo fue asunto de unos señores encerrados en sus palacios y en sus mansiones con piscina que un día se pusieron de acuerdo para expulsar al Capitán General, pero nada más falso. Los batallones de pardos estaban en contacto con los marqueses y los condes burgueses-capitalistas para tenerlos en la mira y para evitar que hicieran trastadas, porque las querían hacer, claro que las querían hacer, como los burgueses de todos los tiempos y de todos los lugares. En realidad las tropas de morenos esperaban con impaciencia la señal para ponerse el gorro frigio e iniciar una revolución social que estaban preparando desde hacía años y que no tenía motivos para esperar las órdenes de los blancos.

Tenemos unos documentos de esta situación y pronto los vamos a publicar para información de todos, para que salgan del engaño y para que cuenten los hechos como fueron en realidad, de una manera patriótica y revolucionaria. Claro que los blancos criollos participaron, eso nadie lo puede negar, pero allí estaba el soberano pendiente de lo que hacían esos señorones, dejándolos hacer hasta donde les convenía pero preparados, rodilla en tierra, corazón de patria, para sacarlos del juego oportunamente. Y todo esto porque esa historiografía burguesa redactada por manipuladores malvados y mercenarios, pero también ignorantes, se ha empeñado en expulsar al Ejército de los libros que ellos escriben a su manera para que el Ejército no tenga la importancia que debe tener, como la tiene ahora precisamente porque se puso a hacer patria y a morirse de amor por el pueblo el 19 de abril, y así lo estamos probando ahora gracias a estas nuevas investigaciones que les estoy resumiendo en cadena nacional.

Y así llegamos a una conclusión evidente e irrefutable: el 19 de abril de 1810 fue un movimiento cívico-militar, precursor de los gloriosos sucesos de un glorioso 4 de febrero que también recordamos ahora, porque en ese entonces empezamos de nuevo a suspirar y a fallecer de amor por el pueblo y emprendimos, juramento mediante, la obligación de fundar la nueva memoria de la patria grande. Claro que, para cumplir ese juramento, tuvimos antes que llevar a cabo una de las batallas campales más memorables de la revolución, toda una hazaña de sangre, sudor y lágrimas. Me refiero al rescate de los documentos del Libertador, que tenían secuestrados los plumarios de la burguesía en fortificado emplazamiento. Pero el glorioso hecho de armas valió la pena y hoy los sagrados papeles han regresado a las manos del pueblo, su legítimo propietario. No sé si han visto las colas de gente por los lados del archivo, de nuestro archivo revolucionario, esperando para leer los evangelios del Padre que una malvada Inquisición les tenía prohibido. Allí está ese gentío con lápiz y cuaderno, o con sus correspondientes Canaimas.

Lo logramos después de empecinada escaramuza, y ahora todos están familiarizados con los documentos más importantes de nuestra historia. De esos papeles se desprende que su autor era marxista-leninista, por supuesto, y es probable que pronto probemos que también era estalinista. Es cuestión de leer con cuidado los sacros papeles, para que digan aquello que los historiadores burgueses les tenían prohibido. Claro que se descubrirán cosas desagradables, pero la obligación de un revolucionario consiste en hacer esos descubrimientos para que el pueblo se coloque en la vanguardia de su historia, con amor y corazón. Ahora sabemos algo terrible, por ejemplo. Sabemos que el primer sobrino del Libertador no era buena persona porque le gustaba la plata, imagínense ustedes, ¡le gustaba la plata!, y hasta se puso a hacer negocios con Páez, que era como hacer negocios con el Diablo.

Son verdades extraordinarias que la gente debe conocer, pese a su horrorosa magnitud, pero es bueno tenerlas en consideración porque, así como nos hablan de los pecados del primer sobrino de la sagrada parentela, nos anuncian los defectos de un sobrino octavo muy mentado recientemente y ante cuya existencia se interpone nada menos que el Archivo del Libertador rescatado de custodia impía. Pero no hay mal que por bien no venga. La perversidad burguesa del primero de los sobrinos no puede ocultar la magnificencia del rostro del divino tío que hemos reconstruido después de cuidadosa investigación. ¿No es maravillosa la efigie de ese adalid que jamás sufrió los embates de la enfermedad, ni los golpes de la guerra, ni la crudeza de las campañas, ni el eclipse de su estrella personal, como quien ahora les ofrece esta apurada pero revolucionaria y verosímil lección de historia patria?”

El cuento viene así desde hace tiempo, más o menos, desocupados lectores. Ustedes conocen la identidad del autor. Lo que quieran agregar jamás será exagerado.